Domingo, 19 de noviembre de 2006
Asesinos en serie (II)
Por: El Búho
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  • Desde 'Jack, el Destripador', hasta Hannibal Lecter, el célebre psiquiatra asesino en 'El silencio de los inocentes' de Jonathan Denme, los criminales en serie, por más monstruosos que fueran sus múltiples asesinatos, atraen de una manera morbosa. Muchos de ellos, como Ted Bundy, hasta recibía en prisión centenares de cartas, regalitos e incluso una 'fan' le propuso matrimonio. Ayer escribimos sobre el 'Monstruo de Rostow', Andrei Chikatilo, quien en una década asesinó a 53 niños y jóvenes, a quienes violó y mutiló. Pero en Estados Unidos todavía se recuerda a Jeffrey Lionel Dahmer, conocido como 'El Carnicero de Milwaukee'. Este asesino tuvo una infancia traumatizante: una madre borracha, drogadicta y que lo dejaba abandonado. El niño se volvió un ser solitario, haciéndose el loco para llamar la atención, dedicándose a masturbarse con revistas de homosexuales y pasando la mayor parte del tiempo ebrio. Después de licenciarse del Ejército, del que botaron por borracho, se fue a vivir con su abuela. Empezó a recorrer los saunas de gays de su ciudad, pero se dio cuanta que no podía tener erección cuando sus parejas estaban despiertas, por lo que optó en invitarlos a su casa y drogarlos. Cuando éstos se despertaban y se daban cuenta de lo que había hecho, nunca más querían salir con él, por lo que decidió hacerlo ¡con cadáveres! Sin embargo, cuando fue al cementerio a sacar un cuerpo, no pudo hacerlo porque estaba congelado. Dahmer decidió agenciarse sus propios cuerpos. 'Levantaba' jóvenes, en su mayoría, vagabundos, lúmpenes y negros, a los que ofrecía dinero a cambio de sexo. En su casa los drogaba y los estrangulaba. Luego hacía lo que quería con el cuerpo. Al final se quedaba con los órganos y la sangre, y se los comía, mientras la cabeza la ponía a hervir y guardaba los cráneos blanqueados. A veces los pintaba con aerosol. Le gustaba frotarse el cuerpo con las vísceras y dormía con un cuerpo descompuesto. Este caníbal mató sin descanso, hasta que una de sus víctimas -desnudo y esposado- escapó y lo denunció. Al ser detenido en su casa, la policía se encontró con un cuadro macabro: centenares de fotografías de sus víctimas vivas y muertas, cráneos y partes de cuerpos en bidones y en el congelador. Fue condenado a 900 años de cárcel. Los padres resultaron dignos del hijo que habían engendrado: se pelearon en el tribunal por la posesión del cerebro del monstruo, pues un hospital de psiquiatría les ofreció miles de dólares para estudiarlo. En la cárcel lo mató a golpes un preso negro, acusándolo de racista. Apago el televisor.
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