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La tradición obliga a todos los alcaldes de la capital a mostrarse limeños mazamorreros y 'criollos'. Pues pese a que hemos tenido un presidente cholo, la costumbre obligaba a salir en la tele desayunando chicharrones con sus tamales. En una elección, Lourdes dijo que invitó a José Luis Risco al desayuno 'porque iba a traer los tamales' y eso le costó miles de votos. Pero francamente como buen vecino de La Capullana, en Surco, el desaparecido 'Tío frejolito' desayunaba sus tamalitos y su chicharrón en un restaurante de Surco viejo. Se le notaba auténtico. Hasta a Benedicto se le vio como pez en el agua con el mismo menú con sus partidarias, varias morenas. Quien sí parecía pez fuera del agua es Castañeda Lossio. Cómo se notaba que nunca en su casa el domingo se sirve un limeñísimo desayuno criollo, con leche, café, tamales de chancho y gallina. Se sentía tímido y se sonrojaba de servirse un ¡pan con tamal de insípido pollo! Cómo se ve que lo compró en la panadería de la esquina para las cámaras. Ni chicharrón ni salsita criolla ni camote. Todo era artificial como su sonrisa. Y después del desayuno se fue a montar bicicleta.
Dicen que en San Isidro el papá de Christian Meier, el alcalde de más edad en la competencia, ganó porque don Antonio representó ese San Isidro idílico, el de El Olivar y el Country Club. Cuando no existían ni edificios 'monstruosos' de bancos ni night clubs como el 'Emanuelle' y otros de más baja categoría. Vieron en Meier la reencarnación de 'los años maravillosos', del muchacho guapo y buen sanisidrino que conquistó en buena ley a una 'Miss Universo' y formó una ¡bonita familia! Con hijo galán internacional para mayor orgullo. Su misma campaña en caravanas personalizando su relación con los electores, con el apoyo del famoso 'Zorro', le hizo ganar. Lo tomaron como un genuino representante del distrito y al rival como un intruso que busca implementar un 'plan de desarrollo'. Esa razonable propuesta la quieren ver como proliferación de más negocios, construcción de edificios. Pese a que destacados vecinos del distrito defendieron el proyecto del burgomaestre, la suerte estaba echada. Meier representaba el pasado añorado, la esperanza de desaparecer las estridentes bocinas, la línea 73 o los mendigos y vendedores de libros piratas en los semáforos. Pero no se puede regresar al pasado. Sólo hará barrer por un día las calles a dos chicos guapos como Bayly y su hijo, para que se derritan las abuelitas, venerables patriarcas del lugar. Apago el televisor.
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