Domingo 22 de enero 2012 - 08:50
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Una aventura del 'Chato'

El Chato Matta sostiene que el dinero nunca ha sido tan importante para él.

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El Chato Matta llegó por un adobito de chancho. “María, estaba taxeando por San Isidro y vi a una señora muy guapa con un hijo como de 15 años. Me alzó la mano y paré. Le vi los ojos… y supe que me había reconocido. Quería que la lleve a una casa de playa en el sur. Ofreció pagarme 300 soles. La escuchaba hablar y me quise matar de risa, parecía la tía Francesca Maldini. Pero no, era Julieta Vargas, mi compañera de trabajo en el ministerio. Quién se iba a imaginar que la flaquita de buen cuerpo y nariz respingada, que ingresó a trabajar en el archivo y acabó de secretaria del viceministro se hubiese convertido en toda una señorona que vivía en un caserón frente al mar.

Los dos nos mirábamos fijamente, pero ella no me decía nada, ni yo tampoco. ¿Tan siniestros somos los seres humanos que podemos ignorarnos así después de haber compartido noches íntegras de pasión y sexo? Porque fue exactamente eso lo que
viví con Julieta. Ella ingresó bien recomendada y se hacía la sobrada con todos, pero escogía a sus ‘puntos’. Los muchachos le llevaban bombones, peluches y varios atorrantes hasta le habían propuesto matrimonio. Ella los mecía, pero aceptaba sus invitaciones.

Eso sí, escogía los restaurantes caros y conciertos en zona VIP. A mí me miraba, y yo me pasaba de largo, la veía inalcanzable. Cuando fue el cumpleaños del ministro y se armó una juergaza en el edificio, Julieta estaba en la mesa con el dueño del santo y los altos mandos. Yo, en la última mesa, con las chicas de caja que paraban bien el trago. Yo veía que Julieta tomaba whiskies y se aburría con los viejos, pese a que la trataban como una reina.

Picada y audaz, vino a nuestra mesa y se sentó a mi lado. Justo cuando pusieron la canción ‘Desnúdate mujer’, del gran Frankie Ruiz, y me agarró la mano para bailar. ‘Todavía no, cuando yo quiera bailar, te saco’, le dije. ‘Oye, chato. ¿Tienes algo conmigo? Hasta el ministro babea por mí y tú te botas, ¿quién te crees?’. Julieta se picó. ‘Sí, ya sé que sales con la potoncita de caja uno. Te gustan las cuerponas, entonces mírame’. Y se paró y dio una vueltecita. Estaba fuertota. La saqué a bailar y la apachurré fuerte, pero cuando vi que el ministro y el viceministro me miraban con odio la solté.

‘Chato, vamos a Barranco. Estos viejos ahorita me van a llamar, apúrate’. Nos vacilamos toda la noche y acabamos en un telo de Peti tǔouars. Era una salvaje en la cama, quería uno y otro más. Al final me amenazó: ‘No le cuentes a nadie, porque nadie te va a creer y se van a burlar de ti’. Me dolieron sus palabras y se lo conté a Blanquita, la más chismosa de todo el ministerio, quien se lo dijo a la secretaria del viceministro. A los días, todos se preguntaban qué habría hecho Julieta para que la regresaran al archivo. A mí, el ‘vice’ me dijo en el ascensor: ‘Te felicito, Chatito. Agarraste buen lomo’.

Humillada, Julieta renunció al ministerio y nunca la volví a ver. Pero supe que se casó con el hijo del dueño de la empresa donde trabajaba. El sanazo se templó de la ‘secre’ y ella se dejó embarazar. Ahora vivía con lujos, lo que siempre soñó. Cuando su hijo se metió a la residencia, me dijo: ‘Chato, estás igualito. Esa tarde, la escuche hablar solo de dinero, joyas, viajes, maleteos a su marido, hasta su relación de amantes. El dinero la había puesto peor.

Me llevó a un ‘depa’ caleta en Miraflores. ‘Aquí vengo a… tú sabes, Chato. Mi marido es un desastre en la cama, para todo el día coqueado’, me dijo. Yo saqué a relucir mis años de callejero y le hice un ‘faenón’, tres al hilo. La hice feliz. ‘Chato, tú sí eres un hombre. Te voy a dar una llave de este ‘depa’. Te
daré buenas propinas’. Allí metió la pata. Otra vez. Nunca iba a cambiar… El
dinero nunca ha sido tan importante para mí. Este chatito tiene su orgullo.
¡Fuera jugadoraza!” Pucha, qué tales historias. Me voy, cuídense.

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