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Un momento para Erika
El fotógrafo Gary, está orgulloso de Erika Soria, la joven que murió en el Costa Concordia.
Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó por un lomo saltado con crema de papa a la huancaína, arrocito blanco y una chicha morada heladita.
“María, en mis muchos años como reportero he visto de todo. Generalmente cosas terribles que demuestran la maldad de la que los hombres somos capaces. Por eso, no pude evitar conmoverme con la valentía de Erika Soria Molina, la joven cusqueña que murió ahogada en el naufragio del crucero ‘Costa Concordia’.
Ella salvó a decenas de personas ayudándolas a subir a un bote salvavidas. Pero lo más impactante es que, pese a que no sabía nadar o que no lo hacía muy bien, no dudó en quitarse su chaleco salvavidas -que le garantizaba que no moriría ahogada-, para dárselo a un anciano. ¡Qué grandeza, qué valentía! Qué diferencia con el capitán del barco, el italiano Francesco Schettino, quien fue uno de los primeros en escapar, vergonzosamente, para ponerse a salvo.
Mientras Erika, tan solo una jovencita, salvaba vidas y estaba a punto de perecer por ese motivo en las frías aguas del Mediterráneo, ese sujeto, que además fue el responsable de la tragedia, ya estaba en la costa seguramente tomándose un cafecito bien caliente. Sentándose sobre la ley de los viejos lobos de mar: que el capitán es el último en abandonar su barco.
Por eso, Erika se merece todos los homenajes en Italia y en nuestro país. Y sus paisanos no pueden hacer menos que levantarle un monumento en Cusco. El prestigioso diario español ABC califica a Erika como lo que es: una heroína.
Cuando su cadáver fue rescatado dentro del crucero, el último sábado, llevaba puesto su uniforme de trabajo, pero estaba sin el chaleco salvavidas con que muchos testigos la habían visto antes de que se lo diera al viejito.
Erika representa lo mejor de los peruanos: la honestidad, las ansias de superación, la valentía y el sacrificio por los demás. Erika, como millones de compatriotas, se fue a trabajar fuera del país, lejos de su tierra y su familia, en busca de las oportunidades que el Perú le sigue negando a sus hijos.
Con solo 25 años tenía toda una vida por delante y muchos sueños, entre ellos hacer en Cusco una agencia de turismo. Sus padres y hermanos hoy lloran su irremediable pérdida, pero al menos les queda el consuelo de que Erika dio su vida por amor al prójimo.
Todos deberíamos aprender, aunque sea un poco, de esa inmensa lección de humanidad”. Qué pena por su muerte, y qué orgullo por lo que hizo. Me voy, cuídense.
