Domingo 01 de agosto 2010 - 07:22
  • 0
  • 2100

Gallina que come huevo...

El Chato Matta nos cuenta la última de Pancholón.

Imagen

El Chato Matta llegó al restaurante por su cebiche de conchas negras. “María, me llamó el Chino del Callao. “Chato, estoy en el local del tío Felipe. Mañana me voy de viaje de luna de miel con mi novia, baja para tomarnos un roncito. Apúrate para contarte la ultima”. Click. Cuando llegué, el Chino estaba que se mataba de risa y a su lado Pancholón deliraba de borracho. Se tomó un vaso lleno y contó su historia. “Chatito, tú sabes que yo no puedo ser fiel a una mujer. Mi naturaleza es “picar” por varios lados. Pero la verdad es que me “pegué” a una flaca que hizo bien su chamba. Hace mucho tiempo no disfrutaba tanto con una mujer en la cama. Me “comió” el cerebro porque cuando estaba por llegar al orgasmo, parecía que la estaban electrocutando. Además, su papá vive en el extranjero, tiene billetera gruesa y la flaca me regaló polos “Lacoste”, un perfume “Gucci” y un relojazo como los que tiene la “Foquita”. Ella conocía de mis andanzas, por eso me dio un ultimátum: “Pancho, estoy dispuesta a casarme contigo, pero te juro que si me engañas, mueres para mí. Ya me enteré que a tu carro le dicen “La sartén”, porque chica que sube, “está frita”. Mi “gente” ya sabe todos tus movimientos”. Pucha, causa, durante varias semanas me estuve cuidando y, como no puedo con mi genio, trampeaba asustado.

Entraba a La Posada con los carros que me prestaba mi amigo Keneth, me ponía gorritos y lentes oscuros. Justo ahorita que hace frío en Lima, mi amorcito me prometió que me iba a llevar de vacaciones al Caribe. Por eso estaba tranquilito, pero la otra noche me llamó un “caballo grande”, que fue mi bobo hace años. “Gordito -me dijo el mujerón-, quiero verte. Extraño tu salto del tigre, hazme tuya papi. Tú siempre serás el hombre de mi vida, así me case con otro…”.

No lo pensé dos veces. Tomé un Tico y llegué a La Posada, el “hostal de los infieles”. El “caballo grande” me estaba esperando echadita en la cama. De frente me dijo “gordito, brindemos por mi matrimonio. Mi novio ha venido de Alemania a pedir mi mano, pero jamás podré olvidarte, pese a que tú solo me invitabas un sanguchón de 3 soles en el Miguelón”. Hicimos el amor como locos. Ella me hizo el “Baile de la culebrítica” y yo casi reviento la cama cuando me tiré desde la cómoda. Después me quedé dormidito. Al día siguiente, llegué de lo más fresco a la casa de mi flaca, quien me recibió con un cachetadón y me enseñó unas fotos tomadas de un celular. Allí estaba yo echadito calato con la grandaza. Otra donde estábamos calatitos. Ella misma le había mandado las fotos a su correo. “¡Fuera, tramposo, rata, basura!”, me gritó y rompió los pasajes a Santo Domingo. “Chato, estoy destrozado. Creo que en el fondo la quería, pero no puedo dejar de trampear. Es como si a un león lo quisieran volver vegetariano”. Pucha, ese señor Pancholón es muy mujeriego. Me voy, cuídense.

Más sobre:

columna-smaria