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Periodista de Trome se internó en una favela
Conversó con “faites”, policías, gente trabajadora y se tomaron una cerveza con unas “garotinhas”.
Por: Carlos Solis / Fotos: Billy Cassalli
La novela “A sangre fría”, del escritor norteamericano Truman Capote, que también fue llevada al cine, relata el asesinato macabro de una familia en Kansas. Ese caso conmovió al mundo. Hoy, la vida real nos presenta más víctimas y más terror.
Río de Janeiro vive en sobresalto, bajo pánico, envuelto en una lluvia de balas producto de la guerra de siete días entre la policía y militares contra el “Comando vermelho”, 300 delincuentes que forman uno de los tres grandes grupos de traficantes de droga y armas.
La favela “Vila Cruzeiro” es el campo de batalla. La “Zona de miedo”, donde no hay minas, coches bomba ni granadas, como la película que ganó el Oscar el 2009. Aquí hay más de 600 efectivos en estado de emergencia, tratando de resguardar el orden con fusiles M16 y tanques. Las pistas muestran las huellas de las 38 víctimas, miles de casquillos regados por el fuego cruzado y más de 100 autos y buses calcinados.
La UPP (*Unidad Policial Pacificadora*) ya se instaló. La orden es cercar el perímetro y disparar solo en defensa propia para reprimir el narcotráfico, la delincuencia y violencia, situación que no se dio en las últimas tres décadas, según la prensa local, por la corrupción.
Los padres y niños corren agazapados llorando para no ser blancos de los disparos, nadie camina, todos van a paso ligero. De tanto ruido, parece que viven en un polígono. Se suspendieron las clases y las escuelas de samba cancelaron sus ensayos. Los periodistas arriesgan su vida cubriendo cada detalle de la información y solo un chaleco antibalas los aleja de la muerte.
No se ve a “Buscapé”, el intrépido zambito aficionado a la fotografía que creció en “Ciudad de Dios”, quien llevó imágenes de “pases” y asesinatos a un diario, se levantó a una redactora y se quedó trabajando de reportero gráfico. Ahora era mi turno y el de mi colega, Billy Cassalli, de internarnos a una favela.
Necesitábamos sentir, transpirar, palpar y oler lo que se vive adentro. Vinimos por temas profesionales, pero nuestra raza por el oficio hizo que arriesguemos la piel. Nadie nos quería llevar, todos se negaban. “Nao, voy. Vocé está loco”, nos decían. Hasta que nos contactamos con Domingos Majela, un taxista cuarentón, de ojitos verdes y que vive entre Cantagalo, Pavao y Pavaozinho. El tío era bravo, respetado y con kilómetros de recorrido.
Eran las 4 de la tarde, empezamos la ruta. Quemaba el sol por los 32 grados, pero yo sentía un friecito en los pies que corría por todo mi cuerpo. Se me nubló la vista, las piernas se me doblaban, pero no podía dar marcha atrás. No era el Callao, La Victoria o Barrios Altos, era otro país, otra realidad.
Me puse una gorra y gafas para aparentar ser un carioca más. En el trayecto al morro (cerro) nos miraban fijamente y solo escuchábamos murmuraciones, mientras subíamos. Observé bares, cantinas, tiendas, cantidad de motos, moradores “cheleando” y tirados en el piso. Hasta que llegamos a la cima, donde hay una estación policial. Allí entrevisté al teniente Da Sousa:
“Desde el 3 de diciembre desde el 2008 tomamos posición. Hemos acabado con el tráfico de drogas, armas, robos y solo hay esporádicos casos de agresión familiar. Aquí hay códigos, nadie choca con nadie. La idea es que suceda esto en todo Brasil. Así que todo está controlado, pero por precaución irán resguardados”.
Descendimos y nos llevamos varias sorpresas. Vi una “pichanguita” de chibolos que jugaban sin zapatos en la pista con baches. Unos faites me pasan la voz y yo les pido una foto. Aceptan y les digo: “Muito obrigado (muchas gracias)”. Seguí mi camino y tres zambitas me detuvieron. Ana Lucía, la más atrevida, me interrogó: “¿De qué país vocé sao?” Yo le respondí: “Perú”. Ellas me invitaron un vaso con cerveza “Antártica” y agarraron confianza. Me contaron que están contentas y tranquilas con la pacificación del área, que son gente trabajadora y nacidos allí. También que pocos logran sobresalir en la vida y mudarse.
Brindamos, me despedí con un beso en la mejilla de cada una y Helena me rompió el corazón: “Vaya con Dios”. Ellas no merecen que los noticieros, diarios, oficinas, restaurantes, esquinas, buses y playas hablen de la cara fea de la ciudad de la alegría. Por el Cristo Redentor, que no siga llegando la sangre a Río.
carlos arias cabello (carlos111111) comentó la noticia Novia mata a patadas a un hombre en su bodaHace 1 minuto