Por: Miguel Ramírez

Ahora que este sábado se celebra el , me he acordado del ‘Abominable hombre de las 9’. En 1986, cuando era ‘calichín’, así llamábamos a Jesús Reyes Muñante, el subdirector de la revista ‘Oiga’, quien con el director Francisco Igartua dirigieron uno de los más importantes semanarios políticos del país. A las 9 en punto de la mañana apenas se sentaba en su escritorio con todos los periódicos del día que ya había leído Reyes nos llamaba, uno por uno, a todos los redactores. Preguntaba cuáles eran las noticias más importantes del día. Nos interrogaba hasta por las normas legales más saltantes, que se habían publicado en el diario oficial ‘El Peruano’.

Tenías que estar informado de todo, hasta de la farándula. La entonces bisoña periodista Magaly Medina, por cierto, era la más aplicada en ese rubro. Reyes era un hombre bajito de estatura, pero con una inteligencia extraordinaria y un carácter severo que infundía miedo y respeto a la vez. Tenía un olfato para las primicias inigualable. Por aquel entonces, ‘Oiga’ competía todos los lunes con los semanarios ‘Caretas’ (de Enrique Zileri) y ‘Sí’ (de César Hildebrandt). En esos tiempos, no como ahora, era toda una hazaña que tu nombre se publicara encabezando una nota. Para que eso ocurriera pasaba mucho tiempo. Tenías que demostrar con esfuerzo y calidad que lo merecías.

Redactábamos en unas máquinas de escribir que parecían unos mastodontes. No podías equivocarte. Si lo hacías, tenías que sacar la hoja y volver a teclear la historia. Reyes era un maestro exigente, casi un tirano.

Cuando no le gustaba lo que habías escrito, te rompía las hojas en tu cara y te disparaba una andanada de lisuras. Luego, como un padre a su hijo, te enseñaba cómo debías perfilar el reportaje. No le gustaba trabajar con periodistas mujeres. “No les puedo mentar la madre”, decía. Era un obsesionado de las fotos. Si no había una buena foto que acompañara el reportaje, así fuera el más extraordinario, no se publicaba. Era tan exigente que hasta tenías que hacer méritos para que te diera un vale de almuerzo. Te preguntaba cuánto habías avanzado en tu comisión. Si lo convencías, tenías asegurado el menú.

Un día, le ‘robamos’ el talonario de los almuerzos. “Jesús, tus chicos están consumiendo más de lo normal”, le chismeó la dueña del restaurante. Allí se acabó nuestra palomillada.

Reyes con Paco Igartua hacían una dupla extraordinaria. Todos los martes, cuando debatíamos los temas para publicar, eran clases maestras de periodismo. Eran exigentes como nadie, pues la competencia era feroz. El estrés lo combatíamos en las cantinas.

Hoy, cuando veo en la TV las entrevistas de colegas a los políticos que más parecen ‘té de tías’, recuerdo con nostalgia esos tiempos del periodismo de verdad. ¡Feliz día, colegas! Nos vemos el otro martes.

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