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Las Guerreritas de Paolo
Una nueva raza nace en el Perú. La rebelde a la adversidad y sensible al coraje.
¿Y si hacemos un peregrinaje a la urbanización Matellini, en Chorrillos, para llegar hasta la casa de doña “Peta” y le besamos su vientre en señal de agradecimiento por haber traído al mundo a Paolo Guerrero? No sería exagerado, porque cuando un futbolista alegra a todo un país, definirlo como excelente jugador es muy poco, y mejor empecemos a llamarlo superhéroe.
De carne y hueso, de poderes sobrenaturales. Él lleva en sus venas el fútbol. No por algo es el sobrino de José “Caíco” Gonzales Ganoza, golero de Alianza Lima en la década de los 80, selecciones peruanas y desaparecido en el fatídico “Fokker” en 1987. También es hermano de Julio Rivera. El “Coyote” fue su primera motivación, su espejo.
Pero el muchacho los superó a ambos. Porque por donde va se escuchan gritos, declaraciones de amor, palmas de apoyo, angustia por unas fans que no consiguen su autógrafo. Es una especie de cantante de moda, de galán de telenovela.
Nacido en el cuadro blanquiazul y con dos camisetas profesionales en su trayectoria: Bayern Munich y Hamburgo, también es uno de los ’4 Fantásticos” de la selección, donde Claudio Pizarro es denominado “La mujer invisible” porque demora en aparecer, Juan Vargas “La antorcha humana” y Jefferson Farfán “El hombre elástico”. Él, por su fuerza y coraje, es el “Guapo Ben”.
Le encanta jugar con su look y eso agrada a las féminas, varía sus peinados, cambia de autos, invierte sus ganancias. Se rebela a la adversidad, se enfrenta a la injusticia, festeja con las tribunas.
Este “Superman” oscuro, que no lleva capa, pero todos reconocemos que vuela, también parece un “rayo” que nadie detiene y hace daño a quien lo choque.
Es el creador de una nueva raza en nuestro país. Una que no se resigna a perder, mucho menos a que lo miren por debajo del hombro. Es la nueva generación de los que se sienten locales en cualquier cancha. De los orgullosos de ser peruanos, de disfrutar verdaderamente haber nacido en la tierra de los “Incas”.
Seguro, un día no muy lejano, cuando todo esto se convierta en pasado, siempre el nombre del “Depredador” estará en presente.
Y quizá, cuando tus hijos te pregunten si lo viste jugar, responderás con el pecho inflado: Claro que sí.
