Sendero Luminoso: El Búho ve con preocupación excarcelación de cabecillas de organización terrorista (II)

El Búho sigue compartiendo con las nuevas generaciones las terribles historias que vivieron los jóvenes en la década de los ochenta con el terrorismo de Sendero Luminoso.

Abimael Guzmán

Abimael Guzmán

Abimael Guzmán

Este Búho recibe correos electrónicos de jóvenes universitarios: ‘Búho, sigue contando esas terribles historias que vivieron los jóvenes en la década de los ochenta con el terrorismo de Sendero Luminoso’. Las tácticas senderistas en la universidad eran distintas a las del Movadef de hoy en día. Ahora apelan al ‘sentimiento’ y al desconocimiento de la historia de los muchachos, a sabiendas que la composición social del estudiantado de universidades e institutos ha cambiado.

En los ochenta, los estudiantes de San Marcos no teníamos ni celular, ni laptop. A lo mucho calculadoras para los de ciencias. Vi a compañeros de aula, que de cachimbos eran risueños, alegres y comunicativos, cambiar de pronto y aislarse del grupo. Luego aparecían como dirigentes de los ‘sacolargos’, así conocían socarronamente a los senderistas por sus siglas ‘SL’. Ya no te saludaban y te miraban con odio. Meses después, leías en el periódico que un estudiante había muerto al intentar volar una torre de alta tensión o en un enfrentamiento con la policía. Esos jóvenes, creo, también fueron víctimas de la prédica insana de Abimael Guzmán. Apenas habían salido de la adolescencia, se prepararon para ingresar a una universidad nacional como San Marcos o la UNI, eran el orgullo de sus padres, gente humilde y trabajadora.

Pero la prédica senderista los volvía robot, zombies. El caso más clamoroso fue el de la tristemente célebre ‘Chata Judith’. Este columnista la conoció cuando ella ingresó a Derecho. Era una risueña estudiante que vivía en Mangomarca. La conocí porque me la presentó la guapa hermana del hoy analista político Víctor Andrés Ponce. Ellas estudiaban Derecho y eran vecinas del barrio. Judith era la más alegre en las fiestas y siempre paraba con la hermana de Víctor Andrés. Pero una vez me crucé con Judith y no solo no me saludó, sino que me miró con odio. “¿Qué le pasa a la ‘Chata’?”, le pregunté a su amiga. “No sé, a mí tampoco me habla. Se ha vuelta loca. Está parando con gente media rara”, me reveló.

Una noche, cuando se produjo un apagón y los senderistas marcharon por la San Marcos con capuchas tipo ‘Ku klux klan’ y antorchas, la vi. Las mujeres iban descubiertas. Allí estaba Judith, cantando a voz en cuello ese himno diabólico, que nos erizaba la piel: ‘Salvo el poder, todo es ilusión, conquistar los cielos con la fuerza del fusillll’.

Luego, Sendero chocaría con mi familia: La prima hermana de mi padre, Silvana Clivio, estaba casada con el ‘Chino’ Alberto Kitazono, poderoso secretario de organización del Apra y por ese tiempo íntimo del presidente Alan García. Una mañana, cuando Kitazono con mi prima, su chofer y un guardaespaldas salían de su chalet rumbo a la ‘Casa del Pueblo’, apareció un comando terrorista que disparó a matar. El guardaespaldas protegió a mi prima y fue acribillado, Kitazono, experto karateca, redujo a una de las atacantes, que ¡¡resultó ser la ‘Chata’ Judith’!! Su foto apareció en todos los diarios y los noticieros, gritando en su presentación. Creo que sigue presa, porque en ese atentado murió una persona. Mi prima, que lamentablemente ya no está entre nosotros, nunca se recuperó de la terrible impresión y sufrió de tiroides. Cuántos jóvenes destruyeron sus vidas creyendo en el cuentazo de Abimael, de que era la ‘cuarta espada del marxismo-leninismo-maoísmo’. Ni él se lo cree y ahora solo suplica que le den sus cigarritos, que lo dejen estar a solas con su horrible y demoníaca camarada ‘Miriam’ (Elena Iparraguirre).

No pidan que se les tenga compasión a los terroristas de Sendero Luminoso. Por una sencilla razón: Ninguno de ellos, ninguno se ha arrepentido. Nadie ha dicho: ‘Pido perdón por los miles de peruanos que murieron y que eran inocentes’. Ni Abimael, que cobardemente solo dice: ‘Yo no ordené, los camaradas se mandaron por su lado’. No condena esas acciones. Tampoco los que están afuera, sus compinches del Movadef no deslindan con los atroces actos terroristas. ¿Con qué autoridad reclaman la libertad del genocida? Está bien que la sociedad civil, encarnada en los vecinos de Miraflores, se oponga a que Maritza Garrido Lecca viva en su distrito. Ella era la ‘guardiana de Abimael’ en su madriguera de La Calera, desde allí se planificó y ordenó el miserable atentado con coche-bomba de Tarata, donde murieron 25 personas y quedaron malheridas más de doscientas. Que se vaya bien lejos. Una terrorista que no se arrepiente sigue siendo una potencial terrorista y es un peligro público. Apago el televisor.

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