Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un potente caldo de choros y un pescadito a la chorrillana con su rocotito molido. Para calmar la sed, se pidió una jarrita de emoliente con cebada al tiempo. “, me vino a buscar a la Redacción el veterano periodista de Política, ‘Cigarrito’. Llegó de la selva donde realiza un misterioso trabajo. Vino con unas espectaculares botas mostaza ‘Caterpillar’ y sus clásicos jeans pegaditos. Todavía mantiene una peluca larga castaña y con sus lentes oscuros de luna espejo, impresionó a las redactoras jóvenes. Pero al sacárselos, se descubrió un rostro palidísimo, llenos de arrugas como los surcos del Dakar en las dunas de y unos ojos rojos, sanguinolentos, como los de un vampiro, fruto de tres amanecidas de puro pisco. Las chicas gritaron de espanto y huyeron al comedor. ‘Gary, las redacciones de hoy no son como las de mi tiempo. No existía el celular, menos el ‘face’, el ‘wasap’. O sea que todo lo tenías que hacer cara a cara, ir a la fuente. Ahora se declaran por ‘wasap’. No seas malo. Conversábamos mucho, salíamos tarde del periódico a charlar al barcito ‘La cámara de gas’. Nadie te molestaba. Eras más libre. Tampoco había , así que las jóvenes que vivían lejos llegaban a sus casas tarde.

Eso decía Carola, la fotógrafa que iba conmigo a las comisiones. Una chica arriesgada y guapa. Una vez, el candidato favorito para ganar las elecciones fue al a regalar víveres con varias estrellas de la televisión. Pero los presos los botaron por oportunistas. Tomamos la foto y me iba al periódico a sacar la noticia en portada, pero el sobrino del candidato me agarró del brazo: “‘Cigarrito’, el candidato va a dar un anuncio importante en su casa. Solo están invitados periodistas seleccionados como tú”. En efecto, fui con Carola. Era una fiesta en una residencia barranquina. Con mozos, buena comida y el trago más fino. El sobrino del candidato me traía personalmente el pisco sour en vaso catedral. “¡Salud, ‘Cigarrito’!”, me decía. Sabía de qué pie cojeaba. “Oye, ese pendejo te quiere emborrachar para que no escribas la nota. ¡Vámonos ‘Cigarrito’!”, me rogaba Carolita. “¡Ya, el último”, le decía y la cabeza me iba dando vueltas. Pero el sobrino, un cineasta reconocido, seguía trayéndome más pisco moqueguano en vaso catedral. La fotógrafa me agarró del cuello y me sacó a rastras. Paramos en un café y me hizo tomar cinco tazas bien cargadas. No sé cómo, con Carola al lado, escribí esa crónica que salió en portada y a tres páginas. El inmenso y rubio director me felicitó y nos mandó a Carola y a mí a una comisión a Iquitos como premio. Pero lo que pasó en Iquitos te lo contaré en otra ocasión’”. Pucha, ese señor ‘Cigarrito’ fue un gran periodista. Lástima que no guardó pan para mayo. Me voy, cuídense.

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