Domingo, 26 de agosto de 2007
Cuidado con casonas
Por: El búho
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  • Un día después del terremoto vemos las terribles imágenes de ciudades como Pisco o Ica que están desvastadas y parecen bombardeadas. En Lima, los que habitan en viejas casonas de quincha y barro del Rímac o Barrios Altos, respiraban aliviados al ver que sus viviendas resistieron el terremoto. Ahora piensan que esas viviendas a las que Defensa Civil califica de alto riesgo, nunca les pasará nada. Qué grave error. Muchas de las casas que se derrumbaron como castillo de naipes en Pisco eran de material noble, otras también de quincha y adobe, pero se desplomaron en un segundo y mataron a centenares de pobladores. La única explicación del por qué hubo muertos en Ica y no en Lima, fue porque allí estuvo el epicentro. Si el epicentro hubiese estado frente a la capital, Defensa Civil y el Instituto Geofísico calcula que los muertos podrían contarse por miles, pues muchas casonas de la capital albergan cientos de inquilinos y hasta tienen cuatro pisos de quincha y adobe. Hoy más que nunca se debe reubicar a esas personas. La historia enseña y Lima y Callao también han sido epicentro de terremotos, como el de los años 1646, 1746 o el de 1940. Los que se han salvado de milagro no deben creer que han logrado una victoria. Por otra parte, los limeños fueron los privilegiados que a mediados de la década de los setenta 'disfrutaron' del famoso sonido 'soundsorround', para ver la película 'Terremoto' con Charlton Heston y una constelación de estrellas de Hollywood. El cine Roma de llenaba, porque el mencionado dispositivo incluía varios parlantes en lugares estratégicos de la sala y hasta debajo de las butacas. Cuando se iniciaba el terrible cataclismo, los asientos se movían e inclusive un espectador fue llevado de emergencia al hospital porque sufrió un infarto. El público es masoquista. Este film batió récord de taquilla. Cosa curiosa, pocos años antes un terremoto de verdad había matado a setenta mil personas en el país. Escribo esta columna y un nuevo remezón sacude el viejo edificio donde trabajamos. En el piso siete se siente más, pero ya nos acostumbramos. Con nuestro casco seguimos haciendo el diario hasta que el jefe de seguridad decida dar la orden para evacuar. Ya pasó. Son las 7.55 de la noche. A seguir chambeando entre temblores. Gajes del oficio. Apago el televisor.
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