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Mateo Casaverde, asesor de Defensa Civil y especialista en el estudio de movimientos telúricos en el mundo, es uno de los pocos hombres que vivió 'in situ' un terremoto de 7.8 grados en el escala de Richter, a lo que precedió un terrible aluvión que sepultó a la ciudad de Yungay y vivió para contarlo. Setenta mil personas murieron en el fatídico sismo del 31 de mayo de 1970. Sólo 91 sobrevivientes dejó el aluvión en Yungay, la ciudad más hermosa del Callejón de Huaylas. "Minutos antes del terremoto, salimos de Yungay y en lo alto, al costado del cementerio, paramos y me puse a tomar unas fotografías del Huascarán. Al tomar las fotos me di cuenta que el nevado tenía fisuras y comenté: 'El Huascarán se va a romper...'. Jamás imaginé que mis palabras se iban a volver realidad...". El científico cuenta que subía al carro y, segundos después, exactamente a las 3:23 de la tarde, comenzó el sismo y salió del vehículo. "Fueron 40 segundos en que la tierra tembló sin piedad (...) cuando el ruido cesó, a los segundos escuchamos otro. Inmediatamente, miré al Huascarán y una nube de color barro lo cubría. Supe que se había caído". El experto, junto a un amigo francés, corrieron a las alturas del cementerio. "Cuando volteé, vi que una ola de fango se comía a la ciudad. Subimos en medio de cajones salidos y cuerpos. Llegamos a la cima, junto al gigantesco Cristo, y aterrados vimos cómo la avalancha de hielo, barro y escombros se partió y bordeó el cementerio". El científico se conmueve y su corazón se agita cada vez que recuerda esa terrible tarde. Los hombres de ciencia del mundo lo admiran, y hasta lo envidian. Ningún mortal es capaz de vivir semejante experiencia y, todavía, para contarla. Menos aún un sismólogo. Hay muchos que viajan por el mundo buscando en zonas peligrosas encontrarse con un tsumani, un sismo, pero nada. Para los científicos es más fácil estudiar un tifón, tornado o huracán, fenómenos que se anuncian. Los terremotos, no. Pero se sabe que actualmente hay investigadores extranjeros viviendo en Moquegua y Tacna, esperando pacientemente las incidencias de un gran sismo. Para Casaverde, ser testigo de tamaña catástrofe, le produce dolor. "A dos días de la tragedia, incomunicados, sin alimentos, decidimos salir. Sin zapatos atravesamos el fango. Más allá encontramos a más sobrevivientes: los niños de un circo ubicado en un cerro, de milagro también se habían salvado. A los ocho días fui trasladado en un avión a Lima". Casaverde finaliza: "No soy Dios y nadie los es para saber cuándo habrá un terremoto. No hay que alarmar a la gente (...) Pero debemos estar preparados para todo, porque nuestro país es altamente sísmico". Apago el televisor.
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