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El 'Cóndor', Andrés Mendoza, pidió que dejen de 'perseguirlo por sus hijos' y advirtió que se puede matar en un accidente de tránsito por tratar de eludir a los hombres de prensa. Por fin, el siempre desatinado Juvenal Silva tuvo una frase feliz y le respondió al delantero 'que ahora no meta a sus hijos, porque primero debió pensar en ellos, antes de cometer un acto de indisciplina'. El caso de Mendoza me permite ingresar al túnel del tiempo. Una selección peruana, antes de la Copa América de 1995 y dirigida por un técnico enérgico que hablaba como argentino, perdió un amistoso por 1 a 0 con Uruguay, en la ciudad de Tacuarembó. Después del partido, los jugadores querían salir, pero el técnico, asado por el resultado, prohibió la salida. En ese mismo hotel también se hospedaba un carismático y gordito locutor, amigo de algunos seleccionados y lo mandaron a llamar: 'Por favor, tráenos a algunas chicas. El profe no nos deja salir'. Y le dieron el producto de su chanchita: 800 dólares.
El homre de radio fue directo a un night club y se trajo a cuatro ricuras -como la mayoría de charrúas- por 400 dólares. Las bellezas ingresaron a las habitaciones de un delantero pelucón nacionalizado, quien estuvo de novio con una vedette morocha, dos 'felinos' cremas y dos hermanitos con cara de tontos. El periodista creyó que había ganado 400 'verdes' en una noche, pero se 'peló'. Los futbolistas se habían tomado todo el trago de los friobar y, al final, la cuenta salió como mil 'cocos', que debía pagar el locutor, pues él había garantizado el ingreso de las 'lolitas'. Como estaba alojado en el mismo hotel, los encargados le pusieron la pistola. Cuando fue a reclamarles a los seleccionados por los 200 dólares que faltaban, lo mandaron a rodar y se echaron a dormir. Por eso, no me sorprende lo que pasó en el hotel 'Golf Los Incas'. Inclusive los mundialistas de México 70, tan traviesos como 'Perico' León, Julio Baylón, Roberto Chale, Ramón Mifflin o Hugo Sotil, también se daban sus escapadas. La diferencia estaba que ellos ganaban, sudaban la camiseta y se rajaban por el Perú. Y sólo trataban a las trampas, como lo que eran. Ellas los respetaban, no iban a tirarlos a un programa de TV y a burlarse de ellos. Tenían calle y clase. Apago el televisor.
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