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Héctor Lavoe nunca morirá. Las canciones escritas especialmente para él, como 'El cantante', letra de Rubén Blades o 'Periódico de ayer', del inmenso Tite Curet Alonso, lo mantendrán vivo por siempre. La película 'El cantante' también lo inmortalizará, aunque sus fanáticos requinten porque presentan al ídolo como un hombre preso de su adicción a la droga y bajo el influjo de una mujer ambiciosa y tramposa como Nilda 'Puchi' Román. En la misma cinta hay una escena muy reveladora. Héctor está en una sesión de fotos de su clásico disco 'Candilejas', disfrazado de Chaplin. Allí 'Puchi' (la apetecible Jennifer López) está que se regala con los jóvenes modelitos y trabajadores de la producción. Héctor se pone como un pichín. Tenía calle y se daba cuenta que su mujer estaba coqueteando con esos 'partidores'. En ese momento sólo era un hombre que le daba dinero, lujos y joyas. Él cantaba, se embriagaba, se drogaba. Esa era su vida. Rubén Blades lo retrató a la perfección: 'Yo, soy el cantante/ muy popular donde quiera/ pero cuando el show se acaba/ soy otro humano cualquiera (...) Me paran siempre en la calle/ mucha gente que comenta/ Oye, Héctor, ah, tú estás hecho/ siempre con hembras y en fiestas/ Y nadie pregunta/ si sufro si lloro/ si tengo una pena/ que hiere muy hondo/ Vinieron a divertirse/ y pagaron en la puerta/ no hay tiempo pa' la tristeza/ vamos cantante comienza...'. Canción precisa que el maestro interpretó con un sentimiento que hasta hoy me estremece. Justamente la película termina con un Víctor Manuel, encarnando a Rubén Blades, cantando este tema. Hugo Abele, el empresario que lo trajo a Lima, me contó que Héctor se levantaba al mediodía y le pedía al mayordomo: 'Mi desayuno' y se tomaba una botella de ron puro. En Lima estaba con grandes aspiraciones, pero fue 'el rey de la puntualidad'. Después del concierto le decía a Abele: 'Ahora quiero a las mujeres de la vida', que era como llamaba a las prostitutas. Con ellas se sentía a gusto. Se engreía. Su visita a Lima le devolvió las ganas de vivir. Lamentablemente, al llegar a Nueva York, volvió a las andadas. Su esposa lo abandonó, vivió en un departamento inmundo, de donde lo sacaron para que falleciera como gente en un hospital. Apago el televisor.
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