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El Congreso de la República es la institución más desprestigiada y criticada por la opinión pública, según la última encuesta de 'Apoyo'. Para la mayoría del país, el Congreso es una cueva de 'otorongos', con las disculpas del noble felino amazónico. Son 'fieras' que no se comen unos a otros, sino buscan la complicidad y el vergonzoso espíritu de cuerpo. Los congresistas de hoy, salvo honrosas excepciones, hacen noticia porque contratan empleados 'fantasmas', a sus lavanderas y trabajadoras del hogar, para embolsarse unos miles de soles mensuales más a sus suculentos sueldos, que muchos no merecen porque llegan al Parlamento a calentar un asiento. Otros, más osados, han colocado como adjuntos a sus 'queridas'. Uno se pone a pensar qué podrían hacer estos señores al lado de grandes parlamentarios de antaño como Luis Alberto Sánchez, Mario Polar, Valentín Paniagua, Ernesto Alayza Grundy o Carlos Malpica. Hombres que daban cátedra discutiendo leyes e interpretando la Constitución. ¿Qué de común pueden tener con Gustavo Espinoza, Torres Caro y Velásquez Quesquén? Al primero, no le basta con pedir amnistía para un asesino de policías, como Antauro Humala. Ahora se dedica a grabar, al peor y más burdo estilo de Montesinos, al desgraciado que pisa su oficina o lo llama por teléfono. ¿Dónde queda el respeto por los ciudadanos? ¿No le importa que le digan a sus hijos que su padre es un vil émulo del 'Doc'? Increíblemente, Torres Caro sueña con ocupar algún día la presidencia del Congreso, como LAS. Sus pergaminos son tomar fotografías solapadas de un parlamentario sentado en las faldas de un sambo brasileño. También, según Espinoza, ofrece 'influencias' en el gobierno a empresarios extranjeros por pagos de miles de dólares. ¿Y Velásquez Quesquén? Igualmente aspira a la presidencia y se reúne con estas 'joyitas', ensuciándose en el vergonzoso chuponeo parlamentario. Mejor que lo traigan a Vladi. Al menos, el socio de Fujimori fue honesto y reconoció su delito. Patético. Apago el televisor.
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