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El escándalo desatado por Aldo Valle, agrediendo a patadas a sus hermanos, verbalmente a su madre e infiriéndose cortes por todo el cuerpo, golpeó en el corazón a este Búho. No solo porque adoro a mi madre y ver esas terribles imágenes me chocan. Yo me solidaricé, en ese momento, con sus hermanos menores, que sanos intentaron frenarlo. Pero un hombre de más de 1.80 de estatura, pasado de vueltas y con el diablo adentro, es capaz de llevarse de encuentro a un ejército. Los drogadictos y los alcohólicos tienen en la soberbia a su peor enemigo. Ellos siempre van a culpar de su desgracia a otros. A la madre, al padre, a los hermanos. Siempre van a acusar a alguien en su suicida camino a la destrucción. Este Búho es testigo cómo la señora Alda Cristina defendió a su hijo contra todos, cuando era evidente que había cometido una violación contra Leslie Stewart y por eso lo condenó la justicia.
Esa terrible imagen me hizo recordar una inolvidable película que vi en el año 1991. Ingreso al túnel del tiempo. El gran cineasta negro Spike Lee presentó en Cannes 'Jungle fever' (Fiebre salvaje). El tema central era el racismo en todas sus vertientes. Un arquitecto exitoso (Wesley Snipes) vive una relación extramatrimonial con una secretaria de su estudio, una chica descendiente de italianos. Lo alucinante es que al negro lo hacen leña por estar con 'una blanca de segunda clase'. A la vez, en su barrio de la 'Little Italy' (Pequeña Italia), a la chica su padre (Anthony Quinn) la repudia por estar 'con un sucio negro'. Dentro de todo ese mundo prejuicioso, está Gator Purify (Samuel Jackson), medio hermano de un adicto al crack. Su padre es un reverendo católico estricto; su madre, una mujer que ama a su hijo adicto y por lo bajo le da plata para su vicio. El papel de Jackson le valió un premio especial en Cannes. Muchos dijeron que su magistral actuación se debió a que había salido de una clínica para desintoxicarse una semana antes de trabajar en la película. La escena final nunca la olvidaré. Jackson ingresa al bello hogar de sus padres para pedir 'money' y seguir drogándose. Lo hace insultando a su madre que llora, rompe todo lo que ve a su paso. Le dice algo parecido a lo que le dijo Aldo Valle a su madre: 'Tú eres la culpable que yo sea así'. Muletilla maldita, con la que los fumones quieren justificar su debilidad y sus malos instintos. Porque quienes aman a sus padres de verdad, nunca serían capaces de llegar a robarse un TV (vean 'Réquiem para un sueño' de Darren Aranofsky), pero en este filme el padre, el reverendo (Ossie Davis), no aguanta ver a su hijo con el diablo dentro y le mete un tiro mortal. La madre (Ruby Dee) llora y el drogadicto muere. Creo que los hermanos de Valle querían matarlo en ese momento. La furia de los sanos es incontenible cuando los adictos se aprovechan de su condición para herir o agredir. Por eso deben internarlo. Cualquier persona no puede contener ni comprender a tipos como el 'Loco'. Hay que 'ingresarlo', como gritaba Pío Leiva en 'Buenavista social club'. Apago el televisor.
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