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A veces no entiendo a los peruanos y, en particular, a los limeños. Cuando se produjo el terremoto de Pisco, la solidaridad fue extraordinaria. Hasta los que vivían en esteras llegaban a dejar un donativo. Se hacía colas en el Estadio Nacional para dejar ropa, víveres y las cuentas en los bancos reventaban de donativos. ¿Por qué no veo lo mismo con nuestros hermanos cusqueños? La destrucción por las inundaciones en Cusco no solo han dejado muertos, sino también sembríos y viviendas destruidos. Me atrevo a decir que los huaicos e inundaciones pueden ser tan destructivos como los terremotos. Porque pasa el sismo, vuelves a tu casa, poco a poco se restablece la luz y llega la ayuda por carreteras. En cambio, las inundaciones no cesan. El río sigue desbordándose a medida que continúan las lluvias. Las carreteras están inutilizadas. No puede llegar ayuda sino es por aire. ¿Por qué, entonces, tanta indiferencia? Desde el Presidente, que recién ayer fue al Cusco. ¿Por qué tanta demora? Con respecto a la solidaridad, me atrevo a pensar que los limeños nos volcamos a ayudar a Pisco con todo lo que teníamos porque nos asustamos por el terrible terremoto que hizo llorar a miles en la capital. Pero los pobladores de Comas, San Juan de Lurigancho o Chosica, sí saben lo letales que son los huaicos y las inundaciones. El problema del Cusco no solo es el aislamiento en que quedaron miles de turistas. Ese es solo un punto, porque al final los viajeros serán evacuados, algo más flacos y demacrados por el susto, pero retornarán a sus países a seguir su vida normal. Pero, ¿y los pobladores de Aguas Calientes? ¿Y Urubamba? Allí se han venido abajo las casas, hoteles y miles de hectáreas de cultivos están inundadas. ¿Quién va a ayudar a estos compatriotas? Ellos se quedan a seguir luchando contra la naturaleza, no van a abandonar su terruño. Algo parecido sucedió en Nueva Orleans, después del huracán 'Katrina'. Los dueños de los bellos lodges (hospedajes) de Urubamba se resisten a abandonar lo que tanto les costó construir. Igual los comuneros. Porque si se organizó colectas para Haití, ¿por qué no se hace lo mismo con nuestros hermanos cusqueños? No nos comportemos igual que en 1990, cuando los limeños veíamos con indiferencia la barbarie terrorista en la sierra de Ayacucho y solo despertamos con el coche bomba de Tarata, en Miraflores, y recién comprendimos el peligro del terrorismo. Apago el televisor
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