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A estas alturas, a nadie le parece raro escuchar a jueces o fiscales acusados de corrupción. Pero sí llama la atención que alguno sea el principal sospechoso de un asesinato. Eso ya es cruzar la línea. Es pasar de los delitos 'de saco y corbata', que casi siempre involucran el robo de dinero, a los de sanguinarios sicarios. Me refiero al caso del fiscal Walter Flores, hoy preso por el horrendo crimen de su colega, Victoria Lara -opo. En Cañete, es vox pópuli que estos dos representantes de la ley mantenían un tórrido romance. Un amorío prohibido, pues el sospechoso está casado con otra mujer. Las primeras investigaciones apuntan a que el homicidio fue pasional. Por los malditos celos. La policía señala que la muertita sostenía relaciones sentimentales paralelas con Walter Flores, el ingeniero Abel Valdez y el padre de su hijo. Realmente, resulta difícil de creer. Más cuando ella era una fiscal adjunta de Familia, llamada a proteger ese núcleo básico de la sociedad. Sin embargo, en casos de crímenes, muchos secretos inconfesables, dolorosos, se hacen públicos. Por eso, siempre digo que uno mismo construye su destino. Si juegas con fuego, saldrás quemado. Si tienes más de una pareja, estás tentando al diablo. Como si tuvieras una pistola en casa: La desgracia estará ahí, rondando. Y te arriesgas. Porque nadie sabe cómo reaccionará una mujer o un hombre burlado, herido en su amor propio.
Esta truculenta historia me hace recordar la inolvidable cinta 'El cartero llama dos veces'. Ese clásico del cine negro que también es un canto al erotismo por los cuatro maravillosos minutos en que Frank Chambers (Jack Nicholson) y Cora Smith (la apetecible Jessica Lange) se torturan con un sexo salvaje sobre una dura mesa. La blonda Lange -que en 1976 ya había seducido al inmenso 'King Kong' del mítico productor Dino di Laurentis- interpreta a la frustrada esposa de un gruñón y viejo griego dueño de un restaurante en una apartada autopista de California. Eran años de la gran depresión en Estados Unidos. A ese lugar llega el malviviente Frank para tomarse un juguito de naranja. El griego, sin saber el tremendo error que estaba cometiendo, le ofrece trabajo. El vagazo de Frank no acepta, pero de inmediato cambia de opinión cuando ve a la provocativa esposa. Los dos inician un apasionado romance cuyo punto culminante es el tremendo revolcón que se dan sobre la famosa mesa de la cocina del negocio. Gimen y se mueven como dos poseídos entre la harina desparramada, ollas y cuchillos. La escena impactó tanto en ese ya lejano 1981, por su tremendo realismo, que siempre se dijo que Nicholson y Lange habían hecho el amor de verdad. Ellos lo negaron. La parejita de amantes mató al esposo venado para quedarse con todo, pero un fiscal sospechaba lo que pasó y estuvo a punto de encerrarlos. Consiguieron librarse y cuando están a punto de iniciar su feliz historia de amor, un auto atropella y mata a Cora. Al final, pagaron su perfidia. Apago el televisor.
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