7 de marzo de 2010
Relatos de terror
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Escribo estas líneas conmovido por el terremoto en Chile, donde tengo muchos amigos peruanos y chilenos. Imagino todo lo que deben estar sufriendo. Ver las imágenes de la tragedia por la televisión de ese país me hizo recordar los relatos emocionados, tristes, que un veterano y muy querido tío mío hacía del terremoto de 1940 que destruyó gran parte de Lima, Callao, Chorrillos, Huacho y Chancay, y que él vivió. Le pedía que me cuente, cuando aún yo era un niño que solo pensaba en jugar al trompo y las bolitas, ¿cómo era que se abría la tierra? "Eso fue increíble. Nunca lo olvidaré -me decía con un brillo lúgubre en los ojos-. Todavía no era mediodía y yo caminaba por el jirón Hualgayoc, en el Rímac, cuando comenzó un ruido sordo, bien feo, y todo se comenzó a mover. Lo primero en que pensé fue en mi viejita, qué sería de ella. Mientras que las casas comenzaban a caerse y el día se hizo noche. Todos corrían, gritaban y lloraban. 'El fin del mundo, el fin del mundo', decía la gente llorando desesperada, mientras se arrodillaban a rezar en la calle para que Dios los perdone y no mueran. Las mamás corrían como locas buscando a sus hijos pequeños. Y el piso se movía de arriba abajo. En un momento, la pista se abrió y salían nubes de polvo. Yo pensé que todos moriríamos.

Después supimos que duró dos minutos. Pero en ese momento parecía que nunca iba a acabar. Dos minutos, tratándose de un terremoto, son una eternidad porque es suficiente para destruirlo todo. Un amigo que en ese momento paseaba en bote en el mar de Barranco, me contó que las olas se levantaban alocadas, surgían remolinos, y pudo ver que de los acantilados caían tierra y piedras como en una inmensa catarata color chocolate. Eran varios kilómetros, a lo largo de toda la playa, y en un momento las nubes de polvo no dejaron ver nada más. Me contaron que en el Callao, el mar se salió. Cuando acabó todo, fui corriendo a mi casa y encontré a mi madrecita rezándole al Señor. Nos habíamos salvado". Yo vivía esos relatos como una película extraordinaria, pues atizaban mi imaginación de chiquillo ansioso de emociones. Me preguntaba, ¿cómo sería un terremoto? Hoy no quiero saber nada más de ellos. Los odio. Solo son muerte, dolor y destrucción. Como en Ica, en Haití y hoy en Chile. El sismo en nuestro país hermano del sur comenzó como a las 3 de la madrugada y me imagino el terror que han sentido esos millones de niños, mujeres y hombres. A oscuras, porque se fue la luz. Sin poder comunicarse, porque las líneas de teléfonos se caen en ese momento y no puedes saber de tus seres queridos. El Perú está en esa mortal línea roja de sismos, así que solo nos queda prepararnos. Hay que tener linternas a la mano, agua en botellas, radio a pilas, botiquín, zapatos con planta gruesa a prueba de vidrios rotos, abrigos y marcar los puntos más seguros de la casa. Esos detalles pueden hacer la diferencia entre la vida y la muerte. Apago el televisor.

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