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El fotógrafo Gary llegó por un potente caldo de gallina, con presa grande, dos huevos, papita amarilla, su limón y rocotito molido. "María, estamos en los tiempos en que ir al banco a sacar plata se ha convertido en el juego mortal de la ruleta rusa. Cuando vas a cobrar, no sabes si llegarás con vida a tu casa. Es que los asaltos a las personas que retiran dinero de las agencias se han multiplicado y, como si fuera poco, los delincuentes se han vuelto más despiadados, pues cometen sus fechorías a plena luz del día y en las calles más transitadas, a la vista de todo el mundo. De ello puede dar fe don Carlos Miguel Montoya Bello, un veterano empresario de 77 años que retiró 8 mil dólares de un banco en el centro comercial de Chacarilla hace solo unos días. Cuando se dirigía a casa, cerca de las 12:20 del día, cuatro sujetos a bordo de un vehículo oscuro le cerraron el paso. De inmediato bajaron con sus fusiles y revólveres en ristre, obligando a su víctima a descender de su auto, pero como se resistió le dispararon a matar. Quiso Dios que ese no sea su día, pues solo le cayó un balazo en el antebrazo izquierdo. ¡A solo unos centímetros del corazón! Esas bestias van dispuestas a todo y no respetan ni siquiera a un señor que bien podría ser su padre o abuelo. Son unos cobardes, unas hienas sin ningún código de honor. Felizmente, el ruido de los balazos alertó a los policías del Estacionamiento Táctico del óvalo Higuereta que acudieron prestos, lo que hizo huir a estos miserables. La gente ya no puede retirar tanto dinero y caminar alegremente por la calle. Hacer eso es una temeridad suicida. Si se necesita la plata para un pago, es mejor hacerlo con una transferencia bancaria, sin que el dinero pase por nuestras manos. Todo en ventanilla. Cualquier providencia es poca. Lima está alcanzando los niveles de delincuencia que hay en el norte, sobre todo en Trujillo, donde los hampones hacen y deshacen y la gente vive aterrorizada. No se cumple ni el tercer mes del año, y ya han sido asesinadas en esa ciudad ocho personas por ajuste de cuentas. Casi no hay negociante o transportista que no pague cupos a los extorsionadores para que los dejen trabajar. Si se niegan, le queman su vehículo, le disparan a él o a su familia o le tiran dinamita a su casa. Son tan sanguinarios que a fines de febrero, un taxista de solo 19 años fue asesinado dentro de su carro". ¡Qué horror! Me voy, cuídense.
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