CARTAS DESDE MI CELDA. Todos los martes, una interna o interno de una prisión del Perú, publica y lee un texto de su autoría. En TROME.PE
CARTAS DESDE MI CELDA. Todos los martes, una interna o interno de una prisión del Perú, publica y lee un texto de su autoría. En TROME.PE

En presentamos , una serie semanal de relatos escritos y leídos por sus autores, reclusos y reclusas de los penales del país. Esta semana está Salvador Ramos. Para él - interno del pabellón 6 del penal Castro Castro- el peor castigo a sus errores no fue el encierro, sino no haber podido despedirse de su madre. En este texto íntimo, escrito desde el arrepentimiento, no se guarda palabras para expresar su dolor.

Las consecuencias de nuestras decisiones, buenas o malas, siempre llegan. Afrontarlas hidalgamente hace noble al hombre. Salvador Ramos encontró una manera noble de pagar sus culpas: la escritura.

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Escribir es un sueño”, dice nuestro columnista de esta semana. Y, ciertamente, en los sueños no existen barrotes ni fronteras. Escribir es soñar.

Aquí, su historia:

“MADRE, PERDÓNAME”

Salvador Ramos / Castro Castro

En 2016 fui llamado a las oficinas del establecimiento penitenciario para informarme que mis documentos tenían que ser rectificados. En pocas palabras, me habían negado el traslado. No perdí el tiempo y corregí los errores sin dudarlo. Mis papeles fueron enviados nuevamente a quienes deberían aprobar el traslado. Quedaba esperar.

Un día una llamada a mi hermano antes de Navidad me informaba que la salud de mi madre se había deteriorado y que ella quería verme. Sus palabras eran que quería despedirse de mí. Eso me abatió mucho.

Era difícil aceptar lo que podía suceder y tramité un pase especial para poder verla. Mis hermanos la traerían en una ambulancia, pero el día 29 de diciembre de 2016 me negaron aquel permiso. No podía ver a mi madre. A pesar de eso no perdí la fe y creía firmemente que ella se recuperaría.

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Llegando el 2017, en enero, la salud de mi madre había empeorado. Hacía muchas llamadas al día para saber su estado. El día 27 de ese mes y ese año, mis papeles volvieron al establecimiento, me habían negado una vez más la posibilidad de tener el traslado y poder ver a mi madre.

A los 4 días, el 31 de enero, al hacer una llamada a mi esposa, exactamente a las 5:10 de la tarde, mi madre había partido. Ella se había ido. No volvería a oírla. Se había acabado. En ese momento perdí la fe en todo. Era mi peor momento. Ella, antes de partir, le dijo a mis hermanos que buscara la paz que necesitaría en Dios. [Sigue tras el video]

EL VIDEO DE ‘CARTAS DESDE MI CELDA’:

"Madre, perdóname por no haber cogido tu mano antes de que partieras" | CARTAS DESDE MI CELDA
Para Salvador, el peor castigo a sus errores no fue el encierro, sino no haber podido despedirse de su madre. 'Cartas desde mi celda'

Al llegar al lugar donde mi madre descansaría por siempre, hice una llamada y me despedí con estas palabras: “Madre, perdóname por no haber cogido tu mano antes de que partieras al encuentro con Dios. Perdóname por estar acá y no allá despidiéndome de ti. Debería ser yo, junto a mis hermanos, quienes te dejaríamos donde descansarías”. Mis palabras se fueron, no puede decir más.

Aquel día toda mi familia estuvo vestida de blanco y soltaron globos al cielo del mismo color en señal de paz, como ella lo había pedido.

“ESCRIBIR FUE UN SUEÑO”

A los 5 días de todo lo sucedido había dos caminos para transitar: o me dejaba sucumbir o me levantaba de entre la pena. Entonces cogí mi cuaderno y esa fue la manera de hacer algo por mí. Escribí y escribí. Le dediqué muchos textos a mi madre. Uno de esos días, cuando estaba en el salón de clases, un compañero me vio escribir y empezó a leer mis escritos. Le gustó. Al día siguiente me fueron a buscar y me llevaron ante los maestros Luis y María. Ellos vieron lo que había escrito. Les pareció bueno y me persuadieron de inscribirme en un concurso que se estaba realizando a nivel nacional.

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Todos los penales del país participaban. Así que me inscribí y solo quedaba esperar. No tenía mucha esperanza en lo que iba a suceder, pero por cosas de la vida, recuerdo que era un día de visita, me llamaron mis maestros. Cuando los vi sonreían, estaban algo raros, me entregaron un libro, el título era ‘Porque siempre hay esperanza’. Me pidieron que lo abra y vaya a la página 84. Estaba el relato que le había dedicado a mi madre. Lo habían publicado. Seriamos solo 30 y yo estaba entre ellos. Vinieron las felicitaciones. Al poco tiempo, por invitación de mis maestros, fui inscrito en el gremio de escritores del Perú.

Durante todos estos años en prisión, sinceramente, no hubiera podido asumir todas estas circunstancias que he pasado sino fuera por la escritura. He recibido el apoyo de muchas personas profesionales que trabajan en el establecimiento penitenciario. Sé que hoy mi vida será distinta. Tengo que agradecer a mis maestros porque me apoyaron y creyeron en mí.

Hoy puedo decir que escribir fue un sueño y que sin ayuda de nadie jamás lo hubiera podido realizar.

Hoy soy otro tipo de persona. Dedicaré mi tiempo a las cosas que jamás les di la importancia que se merecían.

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