Los partidarios de Donald Trump intentan atravesar una barrera policial, el miércoles 6 de enero de 2021 en el Capitolio de Washington. (Foto AP / Julio Cortez).
Los partidarios de Donald Trump intentan atravesar una barrera policial, el miércoles 6 de enero de 2021 en el Capitolio de Washington. (Foto AP / Julio Cortez).

Por: Miguel Ramírez/Periodista de investigación

El miércoles pasado, el planeta entero no podía creer lo que estaba sucediendo en Estados Unidos: una turba de fanáticos azuzados por el presidente Donald Trump había tomado el Capitolio, a sangre y fuego.

Docenas de hombres, cual soldados ninja, trepaban las paredes para ingresar al recinto, mientras que los congresistas que se encontraban en el interior eran evacuados desesperadamente.

En ese momento se realizaba una ceremonia solemne para certificar el triunfo de Joe Biden sobre Trump, quien desde el próximo miércoles -¡por fin!- dejará de ser presidente.

Por lo impactante, las imágenes me hicieron recordar al 11 de setiembre del 2001, cuando un grupo terrorista hizo estrellar dos aviones en las Torres Gemelas de Nueva York, matando a tres mil personas.

Al caer la noche, cuando las fuerzas del orden lograron controlar la situación y cinco personas habían fallecido, Trump, como si nada hubiera pasado, les dijo a sus partidarios “vayan a casa ahora en paz”.

Trump demostró, una vez más, ser una persona sin escrúpulos. No le interesó afectar la credibilidad de su país, considerado como el faro de la democracia mundial.

Muchos analistas afirman que el mandatario está al borde de la demencia. Tiene una mente enrevesada. En su libro ‘Miedo, Trump en la Casa Blanca’, el legendario periodista Bob Woodward cuenta que cuando el magnate era candidato presidencial viajó a Rusia sin su esposa.

Allí se hospedó en un hotel cinco estrellas. Pidió la misma habitación en donde, en uno de sus viajes oficiales, había dormido el expresidente Barack Obama con su esposa Michelle.

Trump contrató prostitutas con las que armó una orgía con alcohol y sexo, en donde exigió –siempre según el relato- una sesión de ‘lluvia dorada’.

Donald celebró eufórico. En su enrevesado cerebro, alucinaba que se estaba tomando una venganza personal contra Obama.

Lo que no sabía es que el servicio secreto ruso había colocado cámaras de video y audio en la habitación. El material llegó a manos del FBI y la CIA, lo que originó una crisis interna de alto voltaje.

Cuando Trump fue elegido presidente, los jefes de ambos organismos de inteligencia decidieron que era necesario decírselo. El designado fue James Comey, el director del FBI, quien dirigía una investigación sobre el apoyo que el gobierno ruso le había dado a Trump, durante su campaña electoral.

Cuando ambos se encontraron, Comey decidió no mencionar el suceso, y abordó otros aspectos de las indagaciones que estaba realizando. Pocos días después, el magnate lo destituyó, acusándolo falsamente de haber protegido de una investigación a Hillary Clinton, su rival en las elecciones.

Trump nunca reconocerá el triunfo de Biden. Lo mismo hizo aquí Keiko Fujimori en 2016, cuando fue derrotada por Pedro Pablo Kuczynski y no paró hasta hacerlo renunciar.

Ambos son los típicos politiqueros que no saben perder, por eso ahora el pueblo los rechaza. Nos vemos el otro martes.

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