J.J. Maldonado publica su primera novela ‘El amor es un perro que ruge desde los abismos’, editada por el sello Emecé. (Difusión)
J.J. Maldonado publica su primera novela ‘El amor es un perro que ruge desde los abismos’, editada por el sello Emecé. (Difusión)

En El amor es un perro que ruge desde los abismos, ‘Diosito’ tiene 18 años, vive en un bloc de un Callao inventado y lucha contra sus propios demonios. J.J. Maldonado utiliza referentes millennials como el hip hop, los animes, el internet, los diálogos de películas para adultos, hay guiños de El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, y Qué viva la música, de Andrés Caicedo. La primera novela del escritor peruano emplea un lenguaje directo, poético y con tintes de humor negro.

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Siempre escribiste sobre Ñaña, pero decidiste ubicar tu primera novela en el Callao.

Sí, fue una decisión más conceptual que espontánea. Es decir, hacer el salto de una periferia a otra se volvió una exigencia diegética dentro de la funcionalidad total de este nuevo libro. Pero también fue la búsqueda de la exploración de otras épicas barriales o distritales, si quieres. Me tentó la idea de salir del espacio en que el siempre ubiqué mis ficciones anteriores para conquistar otros territorios que exigían sus propios códigos, sus propias dinámicas vitales, sus propios ritos, en fin, su esencia política. Cuando comencé a trabajar de lleno en la novela descubrí con mucho asombro que las diferencias entre las periferias de Lima eran realmente muy grandes, casi abismales, y que no había tanta conexión entre cada una de ellas. Identifiqué que cada barrio tenía su propia épica. No es lo mismo las pequeñas epopeyas que se viven en Ñaña frente a las de Villa El Salvador, o las de San Juan de Lurigancho frente a las del Callao o las de La Victoria frente a Canto Grande. Descubrir eso se volvió muy atractivo para mí, y decidí trabajar a partir de esos materiales. Entonces escogí el Callao.

Un Callao inventado.

Algo así. Un Callao ficcionalizado, hiperbólico, hiperrealista; un Callao alternativo en el que yo, como autor, pudiese inventarle sus propios códigos y mitos, y en el que dentro de ellos puedan desarrollarse pequeñas tragedias, pequeños infiernos que pulularan por toda la novela. Solo en un espacio así, inventando por completo, con las leyes que el narrador le pone, las cosas que suceden finalmente en el libro pueden volverse verosímiles para el lector, además de romper con cierta idea realista que me aburre un poco. Ahora bien, este Callao alternativo no parte de la realidad real como referente inmediato, sino más bien nace a partir de la ficción. Mientras construía su atmosfera yo pensaba en Ciudad Gótica de Batman, en NeoTokyo de Akira, en Nínive del Viejo Testamento. Nunca en el Callao de la realidad real. Todos estos referentes los fui mezclando para constituir un espacio, una ciudad, o mejor dicho un mundo dentro de un mundo que sería como un Callao dentro del Callao.

¿Crees que Diosito, el personaje principal, también es parte de la generación del 2000s, esa que está hiperconectada con el mundo?

En parte sí, en parte no. Diosito es un chico que sufre una crisis de edad al pasar abruptamente de la adolescencia a la adultez. O sea, puede ser tranquilamente un adolescente que encaje sin problema en todas las generaciones juveniles de la historia. Sin embargo, nace en los 90s y ejecuta su educación sentimental en los 2000s. Es, pues, un millennial. Pero un millennial latinoamericano, ese arquetipo que nace en las postrimerías de los elementos analógicos y se encuentra de pronto, en plena adolescencia, con la efervescencia del mundo tecnológico y la hiperconexión. Quizá por eso, Diosito se mueve con total tranquilidad en ambos mundos: tanto en el mundo digital como en el mundo callejero o anacrónico de la gente de 40 hacia arriba.

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J.J. Maldonado: "Pienso que la marginalidad tiene su propia poética, su propia forma de estetizar el mundo". (Foto: Difusión)
J.J. Maldonado: "Pienso que la marginalidad tiene su propia poética, su propia forma de estetizar el mundo". (Foto: Difusión)

Esos adolescentes iban a chatear o a jugar mucho a las cabinas de internet.

El millennial latinoamericano tiene una relación connatural con las cabinas de internet. Allí empezaron a crear sus propias dimensiones de realidad y aprehendieron todos los mecanismos del internet, algo que generaciones anteriores no pudieron comprender del todo y por eso hasta ahora tienen problemas con ello: los estafan, los extorsionan, los descubren en actividades ilícitas fácilmente, etc. Todavía esas personas tienen mucho de analógicos. Los millennials latinoamericanos como Diosito, en cambio, viven en ambos mundos. No nacen con internet, lo aprehenden luego. Estos chicos conviven con la calle y lo analógico, y así, parte de su educación sentimental se forma en el barrio jugando pelota, peleándose a trompadas, haciendo skate, lanzando el trompo, pero de pronto, aparece la cabina de internet, y adiós canchita de futbol o esquina para siempre. En su lugar vienen la pornografía y los otros vicios de la red.

El famoso Dota, por ejemplo.

Los vicios millennial. El Dota, el Counter Strike, el Starcraft, las compras por la Deep Web. Diosito tiene todos estos vicios y está muy dentro de una “realidad” hiperconectada y globalizada, pero parte de su educación sentimental ha sido un desarrollo callejero, de asfalto y tierra. Quizá por eso el descubrimiento del internet afecta también su lenguaje. De pronto dice palabras como “noob”, “lol”, “banear” o “ctm”. Y mira, estamos hablando de cuestiones ya pasadas de moda, muy millennials. Por ejemplo, hablar de MTV o del Winamp debe ser para alguien de 20 años como hablar de la prehistoria. Incluso usar Facebook ya es pasado de moda.

Ahora los jóvenes utilizan más Instagram, Tik Tok o Reddit.

Sí, pero los jóvenes de verdad. El protagonista de mi novela, de hecho, mantiene toda esa esencia millennial latinoamericana de la que hablamos. Y es simple, Diosito no nace con el internet, sino lo va encontrando en el camino y lo va asimilando a su propia vida. Eso le ayuda a desmarginalizarse poco a poco y a formar parte de esa Nueva Babel que es la hiperconexión con el mundo. Gracias al internet, el adolescente latinoamericano ya no es más un marginal.

En efecto, lo he sentido así. Mientras leía el libro me hiciste recordar a mi barrio en Magdalena: una zona fuera del espacio oficial, pero que no era estrictamente de una clase marginal.

Pienso que la marginalidad tiene su propia poética, su propia forma de estetizar el mundo. Como te decía, yo no creo que los personajes de esta novela sean marginales por más que vivan en el quinto infierno del Callao, sino más bien creo que son personajes ultraconectados gracias al internet o a la televisión. Así todos ellos están en una zona intermedia de lo marginal y lo globalizado, una zona gris, y todo eso es gracias al internet. Por eso no sé si podemos seguir hablando de marginalidad (en el sentido peyorativo del término) en un mundo tan hiperconectado, tan saturado de información basura, con un sinfín de grupos o tribus urbanas dentro del universo digital. Es raro.

J.J. Maldonado: "La soledad puede ser otro de los leitmotivs de la novela". (Difusión)
J.J. Maldonado: "La soledad puede ser otro de los leitmotivs de la novela". (Difusión)

Es posible crear tu propio universo digital.

En efecto. Si te marginan de todos los espacios, ahora puedes crear tu propio espacio o cultura y desmarginalizarte; empezar desde tu periferia y organizar tu propio universo con solo conectarte a la red. Por eso, creo que quizá haya un concepto de marginalidad desde la cantera antropológica, pero desde la sociológica ya no tanto. El mundo se lee de otra forma. Hay otras dinámicas. Incluso los marginados de los años 90, ahora son movimientos oficiales. Los otakus o los furris, por ejemplo. O deportes como el skateboarding que ya están en los Juegos Olímpicos.

Antes no se hablaba mucho de las canciones de 2pac o Dr. Dre, gracias al internet esto se ha logrado.

En la primera década de los 2000s, si un chico de Ñaña o de Matute no tenía Cable Mágico en su casa, iba a la cabina de internet y lo solucionaba todo: encontraba desde la última porno de Silvia Saint hasta la última canción de 2pac o Papa Roach. Descargabas el video o la rola en Ares, llenabas la computadora de virus y te ibas campante (risas). Ese privilegio no lo tuvo la generación anterior, que sí podía estar marginalizada porque no estaba hiperconectada, y para conseguir sus cosas, tenía que hacer toda una ceremonia analógica que ahora sería el horror. Pero un chico de Ñaña, Matute o el Callao entraba a una cabina de internet y, en menos de un minuto, se le abría las puertas del mundo.

Se puede decir que los jóvenes ahora leen de otra manera.

Sí, yo creo que ahora se lee audiovisualmente. Este concepto lo voy a amplificar y sustentar en un ensayo bastante largo en el que vengo trabajando y, quizá, se publique el próximo año. Es un hecho que los chicos de hoy consumen muchos mangas, animes, pornografía, videojuegos, creepypastas, videos basura de YouTube o TikTok. Son animales visuales. Hay que tener en cuenta, además, que la imagen tiene su propio vocabulario, según lo expuso Umberto Eco. Es decir, tiene su propio sistema para ser “leído”. Si un chico se pasa el fin de semana viendo una maratón de “Boku no Hero” o de “Elite” está leyendo, no bajo el esquema tradicional de lectura que conocemos, sino leyendo de otra forma, leyendo audiovisualmente.

¿Crees que en esta globalización también hay mucha soledad? En una parte del monologo interior de tu novela se apunta: “Desamor y soledad, y nuevamente soledad, muchas veces soledad, mi vomito a todos ellos, sí, mi vómito a toda mi generación”.

Sí, yo creo que se puede conceptualizar el tema de la soledad como el gran horror contemporáneo porque el internet tiene cuestiones muy engañosas que nos hacen creer que estamos “acompañados” cuando realmente estamos más solos que nunca. Por ejemplo, cuando te levantas lo primero que haces es ver el celular. Pese a que estar solo en tu cama, puedes sentirte acompañado porque sientes que alguien te está hablando al WhatsApp o al chat de cualquier App. Al activar las redes sociales, más tarde, crees que hay alguien allí porque ves los post o las notificaciones; y más tarde, cuando pones una película en la laptop, sientes las voces y ves las imágenes, y crees que hay alguien contigo, que hay algo que te acompaña. Pero cuando te pones a analizar y miras por encima de la pantalla te das cuenta de pronto que no hay nadie, que estás realmente solo en el cuarto sin nada ni nadie, y que por más “like” que le pongan a tu foto en la red, estás sin nadie, solo como el último hombre de la Tierra. Ser consciente de eso puede asustar mucho. Y por eso, supongo, la gente prefiere seguir pegada a la pantalla para estar “menos solo”, aunque se engañe a sí misma. De ahí que yo crea que la soledad sea lo que marca en gran medida a esta generación.

'El amor es un perro que ruge desde los abismos' fue publicada por Emecé Cruz del Sur - Planeta. (Difusión)
'El amor es un perro que ruge desde los abismos' fue publicada por Emecé Cruz del Sur - Planeta. (Difusión)

Hay de todo en el internet: puedes leer a alguien que escribe con el hígado en las redes sociales, pero cuando lo conoces es totalmente diferente.

O al revés, ser una persona aparentemente divertida, super alegre, que publica payasadas y memes retontos y, en persona, ser un plomazo ultraaburrido y sin nada que decir. Como sea, todo esto de lo que estamos hablando es lo que pasa o configura en cierta medida a los personajes de mi novela. Diosito, el protagonista está realmente solo. Pero solo, solo. Eso determina su estado de ánimo y toda su vida. Ahora que lo pienso, la soledad puede ser otro de los leitmotivs de la novela.

En El amor es un perro que ruge desde los abismos aparecen muchas veces referencias a Dragon Ball Z, a la pornografía, al hentai, al Tumblr, al skate o la BMX, al desamor y a la soledad.

Utilicé esas referencias como nuevos símbolos de una generación. Y trabajé a partir de ellas para exponer los mitos modernos, digamos. La novela habla sobre una generación peruana que arranca vitalmente en los 2000s, y, en cierta manera, me parece, encuentra ciertas conexiones épicas con otras juventudes latinoamericanas. Yo quería hacer una especie de homenaje a toda esa generación que ya está por dar la posta a otra generación mucho más joven, que se viene con furia. En unos diez años toda la gente más o menos de mi edad va a volverse vieja y llegar a los 40, y se acabó. Por eso mismo, he tratado de darle cierta voz a esta generación que está a punto de ser historia. Quería mostrar un poco, a través de la ficción, el primer periodo del siglo XXI peruano a través de un lenguaje propio, con los códigos y dinámicas de la juventud que se formó a sí misma con la llegada del Internet y el cable y los primeros celulares inteligentes. Todo esto, desde luego, visto no a partir de una totalidad, sino de un fragmento, y en este caso el fragmento sería la esencia de una periferia. Como no había una novela peruana que hablara sobre todo esto, pensé que sería buena idea escribir la primera.

Estamos en otra época de la literatura peruana.

Así parece y está muy bien. Creo que están apareciendo otras miradas, otras poéticas, otras recopilaciones de mitos, que es algo que siempre suele suceder en la historia literaria. La generación que vivió los años 80s y 90s como parte de su configuración vital ya ha dado libros atendibles sobre esos periodos. ¿Ahora qué pasa? Pues bueno, los años 2000s en adelante empiezan a ser contados por sus propios narradores y así sucesivamente. No está mal. Ojalá sigan apareciendo novelas de gente joven.

MÁS DATOS

(Lima, 1990): Ha publicado los libros de cuentos Los Buguis, Quien golpea primero golpea dos veces y El demonio camuflado en el asfalto. En 2015, ganó el concurso de relatos “Narrador Joven del Perú” de la Fundación Marco Antonio Corcuera. Ha sido finalista del Premio Copé de Cuento de PetroPerú en dos ocasiones, 2014 y 2016.

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