Por: Johnny Valle

A las 6:43 horas del jueves 12 de noviembre, cuando la noche empezó a ensombrecer los rincones de la plaza San Martín en el, un desconocido lanzó la primera bengala que iluminó el cielo de verde arlequín. Bajo el monumento en honor al libertador, decenas de miles de personas –casi en su totalidad jovencitos entre 20 y 30 años que se movilizaron desde diversos puntos de Lima- explotaron de júbilo. Así, las protestas contra el gobierno de , para mayores señas: primo hermano del ‘Mero Loco’, llegaron a su cuarto día consecutivo en territorio nacional e internacional.

Armados con cacerolas, pancartas, chicharras, banderas y celulares bien cargados, un pelotón incontable de millennials tomó las principales avenidas y jirones del Centro de Lima, con arengas y cánticos que invitaron de manera no muy amable al presidente de la República a abandonar Palacio de Gobierno en el acto.

Para los entendidos, la generación TikTok marcó un hito en la historia reciente de nuestro país: protagonizó la marcha más multitudinaria que se haya visto.

Mientras las redes sociales se inundaban de selfies y los hashtag #MarchaNacional y #MerinoNoMeRepresenta se hacían trending topic, en la vida real –siempre dura, siempre cruda- el polémico ‘Richard Swing’ era vacado de la protesta a botellazos. Las llamadas desesperadas a su amigo, el ministro del Interior, fueron infructíferas. No tenía señal.

La marcha -engalanada con la presencia de Gian Marco, creador de ese himno que retrata la represión emocional: “Me he acostumbrado a obedecerte y me prohibiste reclamar. Cuidaste que no me rebele, controlaste hasta mi libertad”- arrancó a las 5 de la tarde.

La caravana, llena de color y bulla, llena de mixtura y energía, se movilizó por las calles como una gigantesca serpiente: lenta, recia, imponente y tranquila. Inició su peregrinación por Nicolás de Piérola, continuó por Wilson, dobló por Paseo Colón y retornó por Paseo de la República hasta llegar nuevamente a la plaza San Martín, donde se desvió en dirección a la avenida Abancay con destino al Congreso.

Después de las 20 horas se escucharon los primeros disparos de bombas lacrimógenas. Durante la estampida de repliegue, litros de vinagre empezaron a correr por las calles del Centro Histórico. Luego llegaron los disparos de perdigones a quemarropa. Aunque el ministro del Interior, Gastón Rodríguez, desmintió el uso de estos proyectiles, diversos heridos de gravedad lo contradicen. La represión policial fue desmedida e irresponsable, hay registros en videos de agentes policiales amenazando con sus armas y otros lanzando frases como ‘mátalo, mátalo’.

Al filo de las 22 horas la situación se volvió incontrolable. Vándalos camuflados atizaron el fuego, promoviendo violencia y destrucción. El monumento en honor al libertador don José de San Martín, que fue arropado con una tela blanca, desapareció entre la humareda de los gases lacrimógenos. Algunos muchachos respondían con piedras, botellas, palos y demás objetos contundentes. Otros, enardecidos de amor, abrazaban a sus chicas entre la picazón y el ardor de sus vías respiratorias sin retroceder un paso: hagamos el amor y no la guerra.

Al cierre de esta nota, una quinta marcha se desarrollaba a nivel nacional y se prevé otras durante los siguientes días.

De esta manera, la generación que bailaba en las matinés esas transgresoras canciones como ‘Dame tu cosita’ y hoy lo hace con ‘Oh, me vengo’ de Faraón Love Shady, ha demostrado su determinación y compromiso con su patria. Ante la sorpresa de los ‘dinosaurios’, ha roto ese muro entre lo virtual y lo real. Ha alzado la voz asegurando que no le va a regalar un centímetro ni un minuto más a políticos ensombrecidos por el manto de la corrupción. Estos son los peruanos 2.0.

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