Xoana González en XOANA LOVE reflexiona sobre la soledad y recuerda pacto con su abuelita

Xona González sigue en Argentina y aún no puede volver. Alejada de Perú, su esposo y sus mascotas, la modelo reflexiona sobre la soledad en la que habita.

Xoana González
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Homenaje a mi soledad:

Papá no estaba y mamá sufría ataques de pánico que terminaron por no dejarla salir. Así fue por años o siglos. El tiempo es eterno cuando uno es chico. Mi contención diaria fue mi abuela Noemí. Vivíamos en el mismo terreno nosotros 3 (mamá, mi hermano y yo) y ella vivía en la casa de atrás. Yo era su preferida.

Tuvo 8 nietos, pero fui la única nena que se crió con ella. Me escribía poemas, me exhibía con sus amigas y en sus reuniones de literatura como un trofeo. Ella me veía así, pero nunca supe si las demás señoras con olor a crema y sombras celestes en esos párpados con interminables pliegues por efectos de la gravedad me verían como ella me describía.

Tardes enteras ayudando a enhebrar la aguja de la máquina de coser. Hace poco me compré la misma máquina “Singer”. Apenas la sé usar. Creo que la enciendo más para escuchar el ruidoso pedal que me recuerda a ella que para remediar alguna prenda.

Cuando me portaba bien me dejaba jugar con la caja musical con dos bailarinas con imán que a cuerda regalaba una melodía que me transportaba a mis fantasías. Hechizada, no podía sacarle la mirada a los imanes que cual acto de magia danzaban.

Regábamos sus plantas que eran la envidia de sus amigas y ella celosamente cuidaba y yo obediente cuidaba. Sus hermosos jazmines perfumaban con un olor tan dulce y cálido que se podían oler a una cuadra con ayuda de la brisa. Este enero planté 6 jazmines y, entre la ignorancia y la desesperación, compré todas las clases que tenía el vivero. Todavía no dan flor pero ya harán. Hice de mi jardín un vivero para que se pasee entre sus flores favoritas.

Nunca hablo de ella. A Rodrigo le hablé de los jazmines y un día me sorprendió con el tatuaje que tiene en su brazo izquierdo, mi signo del zodiaco y una flor de jazmín gigante que recorre de su muñeca hasta sus dedos de su mano.

Necesitaba hacer este preámbulo para contarles esto: Me siento tan culpable, como un asesino arrepentido Tenía 10 años ¡cómo olvidarlo! Les contaré nuestro mayor secreto: teníamos un pacto.

Ella estaba cansada de vivir con un cuerpo marchito con limitaciones me decía que vivía por mí. Pero que eso no siempre iba a ser siempre así. Que extrañaba al abuelo que ya estaba en el cielo. Que era hora de descansar y que tenía que hacerme fuerte. Esa tarde, lloré como nunca y fue que hicimos el pacto.

Empezamos a negociar con do años de su parte y 30 del mío. Cerramos el trato en 5 años. Me prometió que iba a esperar a verme de 15 y así fue. 6 meses después que cumplí 15 años, se deterioró tan rápido, como quien no toma su medicación y se deja morir. Yo ya lo sabía. De los 10 a los 15 me sentí tan culpable.

En cada cumpleaños, no podía reclamarle nada ni enojarme con Dios, nuestro trato era mis 15. Ambas lo sabíamos silenciosamente y así fue. Lo cumplió.

Cuando partió, yo tenía el alma desmantelada como si estuviera en el mismísimo desierto eterno. En la misma nada. También el baúl sepulcral invitando al vacío pero no la pude llorar, me sentía tan cómplice como el verdugo mismo. Me falto el aire, me sentí tan sola y abatida.

Dormíamos juntas cada noche, me hacía ver a Mirtha Legrand y a Susana Giménez. Sus interminables caricias en la cabeza y su complicidad al comer porquerías a escondidas. “La luz de sus ojos”, me decía. Nunca más me volvieron a decir esa frase.

Estas columnas profundas solo las puedo escribir de madrugada, esas donde el insomnio se apodera de mi tiempo y hace lo que quiere conmigo. De madrugada ya no hay efectos de químicos que no permiten pensar. Los neurotrasmisores están de fiesta, jugando con los fantasmas en mis recovecos. Se abre la puerta de dos mundos: el pasado y el dolor danzan por la noche en Buenos Aires con recuerdos vulnerables que se regocijan envuelta con mis dos brazos abrazando mis rodillas, mirando un punto fijo intentando escribir, apretando los ojos para expulsar las molestias que nublan la vista y terminan por correr sobre las mejillas.

Y les cuento mi delirio desde su fallecer, la veo en mis sueños seguido y charlamos como si nada, radiante, más viva que nunca. ¿Fantasías desde la necesidad? ¿Culpa por haber sido cómplice? ¿Encuentros de las almas que solo tienen lugar en los sueños? Me gusta pensar esto último.

Nos vemos el próximo lunes. Mira aquí todas mis columnas

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