El personaje de la tapada estuvo presente durante todo el Virreinato y la transición de la República.
El personaje de la tapada estuvo presente durante todo el Virreinato y la transición de la República.

En la Lima de antaño, señorial y capital del Virreinato del Perú, las tapadas tuvieron presencia importante. Con prendas de origen español, producto de la influencia musulmana en la península, la tapada vestía saya y manto.

La saya era un vestido de seda fina (negra, castaña, azul o verde) que cubría a la mujer de pies a cintura. Llevaba una hebilla o cintas para ajustarse de modo que se pueda mostrar las formas de quien la vestía. El manto era una especie de toca de seda negra que se ataba en la cintura y subía por la espalda hasta encima de la cabeza, y cubría el rostro por completo para que la limeña pueda ver solo con un ojo, refiere Carlos Prince en ‘La limeña con saya y manto’.

La tapada apareció poco después de la y solo desapareció avanzada la segunda mitad del siglo XIX, en la república, a raíz de la influencia de la moda francesa.

Las tapadas generaban admiración.
Las tapadas generaban admiración.

El uso de la saya y el manto fue prohibido casi desde su aparición. En 1561, don Diego López de Zúñiga y Velasco, cuarto virrey del Perú, prohibió que lo vistan las limeñas. Incluso, la Iglesia se pronunció contra la vestimenta que consideraba demasiado insinuante. Entre los años 1582 y 1583, el Tercer Concilio Limense (dirigido por Santo Toribio de Mogrovejo) declaró que las tapadas incurrían en falta. Pero igual las limeñas siguieron con esa vestimenta.

Esta forma de vestir permitió a algunas damas hacer derroche de picardía y coquetería.
Esta forma de vestir permitió a algunas damas hacer derroche de picardía y coquetería.

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A pesar de la prohibición, las limeñas vestían de tapadas al afirmar que era para evitar que el sol dañe su piel. Algunas aprovechaban su rostro oculto para pasear sin que sepan quiénes eran, seguir a hombres infieles o repartir proclamas revolucionarias contra España.