POR: FERNANDO ‘VOCHA’ DÁVILA

Son las 2 de la mañana en y debo enviar mi columna. El nuevo día llegará en 60 minutos, pero se puede transitar por estas calles sin problemas. Una chica de casi un metro setenta escribe desde su teléfono y avanza despreocupada de si puede aparecer un ladrón y arrebatarle el dispositivo. La seguridad parece ser un tema superado. El tren que une la capital rusa nunca descansa. Cada once minutos llega a los paraderos y eso trae como consecuencia que casi siempre tenga espacio en sus vagones.

Los autobuses abundan, son más lentos y con asientos libres. Camino por dos condominios y unas señoras amables de unos 60 años sonríen y están siempre dispuestas a ayudar a los extranjeros -como yo- a conseguir taxi. Llaman por teléfono y te recomiendan la empresa más segura y económica. Algunas, hasta conducen los buses de transporte público. Estoy comprando en una bodega, he usado mi traductor de para que me atiendan, aunque ya aprendí a decir: ‘Bol’shoye spasibo’ (muchas gracias) y ayer sumé algo más a mi vocabulario: ‘Uvidimsya pozzhe’ (hasta luego).

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