(Foto referencial: EFE)
(Foto referencial: EFE)

La escena es escalofriante: hombres encapuchados apuntan a rehenes vestidos de naranja y amenazan con decapitarlos ante la mirada asustada de los transeúntes. Es una escenificación, pero los protagonistas, jóvenes musulmanes, buscan alertar del peligro yihadista y movilizar contra la radicalización en Europa.

Uno de los actores es Hassan Geuad, un treintañero que llegó de Bagdad a finales de los noventa y a quien los atentados del 11S en Estados Unidos (2001) “dieron un giro de 180 grados” a la vida de toda su familia a ojos de los alemanes, que los veían como potenciales terroristas, relata a Efe desde su casa en Düsseldorf.

Se sabe de memoria la fecha de cada masacre provocada por el terrorista (EI) en Europa porque, antes del primer atentado en suelo europeo, este grupo de estudiantes trató de alertar del peligro simulando en las calles alemanas las barbaries del EI, topándose, dice, con “insultos y amenazas” de organizaciones islámicas de Alemania, que condenaron sus críticas al terrorismo, añade.

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“Elegimos la vía fácil al principio: contactar organizaciones islámicas en Alemania. Les dijimos que éramos jóvenes musulmanes, que cada día sufrimos el racismo y rechazo social en Alemania, y queremos organizar protestas contra los terroristas porque, para nosotros, son asesinos. Pero nos impactó su opinión: nos dijeron que no podemos protestar contra los muyahidín, que son nuestros hermanos”, rememora.

Aún le deja “ojiplático” recordar esa respuesta de “la mayoría” de los organismos islámicos que rechazaron apoyar su causa. Otros se distanciaron alegando que “no es su trabajo movilizarse contra el radicalismo, sino expandir el islam, traducir libros al alemán, organizar eventos e invertir en mezquitas”.

Era octubre de 2014, tres meses después de que el EI declaró un “califato” en el norte de Irak y Siria, pero antes del atentado contra Charlie Hebdo en París. Estos jóvenes decidieron actuar por su cuenta, aunque Geuad recuerda que “eran solo estudiantes, sin fuerza política ni dinero para hacer algo grande” y optaron buscar ideas en los videos del EI.

Se quedaron “sorprendidos por la calidad” con la que estaban hechos y por cómo “se centraban en provocar emociones y jugaban con la cámara para que el espectador viva la situación con las víctimas”, por lo que decidieron “usar sus mismas armas”, organizando obras teatrales en plena calle en ciudades alemanas.

“Teníamos unos días para preparar una ejecución. Queríamos contrarrestar así el hecho de que las autoridades alemanas dejan campar a sus anchas al islamismo y el wahabismo. Les dejaban hablar con la gente en la calle, hacer campañas, regalar el Corán e intentar ganar adeptos a su ideología”, explica sobre dos corrientes ultraconservadoras del islam.

Eso “no es responsable”, dice Geuad, que interpretó que los alemanes “creían que (el yihadismo) les quedaba lejos y nunca llegaría” a Europa: “Así que decidimos traerlo nosotros, antes de que llegara en la vida real. Muchos no eran capaces ni de mirar, otros salieron corriendo, pensando que era real. Otros llamaron a la Policía diciendo que el EI está en la ciudad”, dice sobre su primera actuación.

Lograron atraer la atención de cientos de transeúntes para explicarles su motivación. “Por fin pudimos gritar a los cuatro vientos que somos musulmanes, pero estamos en contra de esa gente. Esto pasa todos los días en nuestros países, sufrimos viendo estos videos. Nuestras familias y amigos están cerca de ese horror”.

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Al compartir las imágenes de su actuación en la red, “empezó también lo peor”, dice Geuad, sobre las amenazas recibidas tras la publicación de los videos, pero muchos miembros del grupo eligieron seguir e incluso irrumpieron en un mercadillo alemán para simular “la venta de esclavas”, una idea propuesta por un refugiado que huyó de la ciudad iraquí de Mosul, donde vio hacer lo mismo a los terroristas.

Este joven también sufrió las consecuencias de su activismo: su pareja le abandonó presionada por su familia, y las amenazas recibidas llevaron a las fuerzas alemanas a ofrecerle un guardaespaldas que le protegiera, pero lo rechazó.

La pandemia y un intento de recuperar una vida anónima y normal tiene alejados a estos jóvenes de sus obras teatrales, pero Geuad acaba de publicar un libro, “¡Que Alá te mande al infierno más profundo!” (editorial: Westend, 2021), en el que cuenta toda la historia de su lucha por un islam moderno y una sociedad tolerante.

“El Estado Islámico sólo es un síntoma, no es el problema real. El problema real es histórico, está en nuestros libros, en nuestra ideología”, concluye Geuad, llamando a un movimiento en el mundo islámico contra el yihadismo.

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