El Búho y las Fiestas Patrias (II)

'El Búho de Trome' nos trae la segunda parte de su columna de las Fiestas Patrias.

El Buhó
El Buhó
El Buhó

Este Búho asiste a unas nuevas celebraciones patrias. Como les decía ayer, tengo una sensación extraña. La mayoría de peruanos, aquellos que trabajan honradamente para dar educación a sus hijos, sienten asco por los vergonzosos audios que se escuchan a toda hora. ¿Esa clase de lacras son los responsables de administrar justicia en el Perú? Mejor ingreso al túnel del tiempo y recuerdo los años maravillosos.

Tenía 16 años y las Fiestas Patrias me agarraron en mi mejor momento. A esa edad te crees el dueño del mundo. Ya no ibas al circo, eso era para chibolos, no eras nadie si no sacabas tu ‘entrada permanente’ en la Feria del Hogar, de la avenida La Marina.

Era el ambiente más democrático que podía existir. Allí confluían los provenientes de sectores acomodados, como La Molina, Monterrico, Miraflores, San Isidro; los ‘clasemedieros’ de Magdalena, Pueblo Libre, San Miguel, Jesús María; y los populares del Cercado, Breña, Callao, Rímac y los llamados, en ese entonces, conos, como San Juan de Lurigancho, Comas, Villa El Salvador y Villa María.

Todos apachurrados para ver a grandes de la música de entonces, los rockeros Charly García, ‘La Orquesta Mondragón’, ‘Miami Sound Machine’, Miguel Mateos, los salseros Héctor Lavoe y ‘El Gran Combo’, y la extraordinaria Celia Cruz.

Todos hacíamos nuestras colas, larguísimas, para ingresar a la discoteca, a la pista de patinaje, a la sala donde como novedad presentaban videos en pantalla gigante de conciertos de ‘Fleetwood Mac’, que rompía con su disco ‘Rumours’, a los juegos mecánicos, a comer los clásicos tallarines con tuco de Nicolini.

Parecíamos una sociedad homogénea, pero era solo un espejismo. La demencia de Sendero Luminoso nos devolvió a la realidad. Ese espejismo era solo de los limeños y los migrantes adaptados a la gran Lima.

En los pueblos de los Andes, en las alturas de Iquicha, Huanta, en Ayacucho, el tiempo parecía haberse detenido hace siglos. Comuneros quechuahablantes no comprendían la guerra que libraban los terroristas y las Fuerzas Armadas. Sobre todo después del asesinato a los periodistas en Uchuraccay a manos de los comuneros.

Mario Vargas Llosa ensayó una explicación: ‘En el Perú coexisten dos mundos. El Perú oficial y el Perú real’. Esos mundos estaban separados por una brecha infranqueable, en términos de cosmovisión del mundo. Una brecha que no la allanó la Independencia de don José de San Martín, sino que mantuvo el ‘status quo’.

Los dueños de las tierras pasaron de ser españoles a ser criollos y se mantuvo la esclavitud a los negros por varias décadas más, hasta Castilla, y el servilismo al campesino de la sierra hasta bien entrado en el siglo veinte, cuando se realizaron tímidas reformas agrarias.

Un ejemplo palpable de ese Perú ignorado, olvidado, trata Hugo Neira en su notable libro ‘Cuzco: Tierra y muerte’. Los comuneros del valle de La Convención ‘tomaban las tierras con la bandera colorida del Tahuantinsuyo y la bandera peruana’.

Cuando el periodista les preguntó si sabían que apropiarse de tierras ajenas constituía un delito, los comuneros le respondieron al unísono: ‘Wiracocha Belaunde nos prometió reforma agraria’.

El presidente Fernando Belaunde, que estaba a miles de kilómetros en Palacio de Gobierno, era el renacido Wiracocha que les había prometido justicia. Creo que es necesario, en estas Fiestas Patrias, antes de tanto patriotismo de palabras, saber quiénes fuimos, quiénes somos y hacia dónde queremos ir como peruanos. Apago el televisor.

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