Este Búho cumple responsablemente su cuarentena y reniega porque más de 35 mil peruanos irresponsables siguen desafiando el aislamiento e inmovilización social obligatoria. Deberían mirar el terrible ejemplo de Ecuador, donde a inicios de la semana, de manera fulminante, se elevaron los casos de contagio y fallecidos. Pero lo macabro del asunto es que Guayaquil es la principal ciudad afectada por ser no solo uno de los puertos más importantes de América, donde recalan barcos de todas partes del mundo, sino también por ser la puerta aérea de Ecuador al mundo. La urbe tiene más muertos que muchos países enteros.

El gran culpable es el presidente Lenín Moreno, quien a diferencia del mandatario del Perú, Martín Vizcarra, se demoró en cerrar las fronteras aéreas, marítimas y fluviales, como le reclamaba el gobernador de Guayaquil y, sobre todo, la alcaldesa Cynthia Viteri. Lo que sucedió después podría escribirse como ‘la historia de la infamia gubernamental’.

Cuando Moreno ordenó un draconiano ‘toque de queda’, desde las cuatro de tarde hasta las seis de la mañana, y puso multas de hasta 400 dólares y cárcel a los infractores, ya era demasiado tarde. El virus ya se había propalado como un reguero de pólvora, infectando, incluso, a la funcionaria pública que batallaba para que el presidente declare el cierre de fronteras. Viteri confesó, en un desgarrador video subido a redes sociales, ser víctima del temible virus junto con su esposo. Hasta el lunes nadie se atrevía a levantar los cadáveres de los muertos por el Covid-19 debido al miedo. Los cuerpos se pudrían en las calurosas calles del puerto. Parecería un capítulo de la serie ‘The Walking Dead’, pero no, es la triste realidad de un país vecino. Esto deberían tenerlo muy en cuenta los miles de desubicados peruanos que desafían el aislamiento y el toque de queda, única manera de protegerse del contagio. Los ‘faltosos’ pueden terminar como los pobres ciudadanos ecuatorianos, tirados en la calle. Pero esta historia macabra empezó con la acción valiente de una mujer guayaquileña. Aquí dos historias del drama que se vive en Guayaquil.

LA MUJER QUE IMPIDIÓ EL ATERRIZAJE DE UN AVIÓN: Hasta el 18 de marzo, los aviones procedentes de Europa ingresaban al Aeropuerto Internacional de Guayaquil sin problemas, mientras que en varios países vecinos, como Perú, se habían cerrado las fronteras marítimas, fluviales y aéreas. Sin embargo, en Ecuador, pese a que el gobierno había declarado emergencia nacional, todavía se permitía que llegaran a su territorio aviones procedentes de Europa. La alcaldesa Cynthia Viteri estaba desesperada porque, ante la concentración de extranjeros llegados de Quito, la selva y las playas del norte del país quedaban expuestas al contagio. La misma alcaldesa había tenido contacto con ciudadanos europeos (españoles) y estaba doblemente preocupada por su salud. Por eso, cuando se enteró que llegaba un avión de Iberia con tripulantes españoles, que se iban a quedar en un hotel ‘cinco estrellas’, entró en pánico. Temía que alguno de esos españoles tuviera el virus y continuara la cadena de contagio. Viteri tomó una decisión que dio la vuelta al mundo. Ordenó que todas las unidades del Serenazgo ingresen a la pista del aeropuerto para impedir el aterrizaje del avión, que al final tuvo que irse a Quito. Terrible.

EL CURA QUE MURIÓ SOLO Y ABANDONADO EN SU IGLESIA: Ecuador está pagando los errores de su angurriento presidente de no cerrar el flujo de pasajeros extranjeros, por no ‘chocar’ con la poderosa industria del turismo. El costo es caro, decenas de cadáveres tirados en las calles por más de tres días. Como el del sacerdote Carlos Quinde, de una parroquia al norte de la ciudad, quien falleció el 28 de marzo y hasta el 31 todavía no retiraban su cuerpo. Feligreses reclamaron al Ministerio de Salud y no recibieron respuesta. Solo llegó la Policía, pero tampoco se atrevieron a ingresar por miedo al contagio. Guayaquil es el mejor ejemplo de las consecuencias de un gobierno ciego, que no calculó lo voraz y arrasador de este virus si no se le enfrenta con un férreo aislamiento social. Guayaquil es una ciudad donde los vivos coexisten con los muertos. Hasta los fallecidos por accidentes, caídas, paros cardiacos y otros, no son recogidos ni por las ambulancias ni por la Policía, por miedo a este terrible y maldito virus. Que no se repita aquí esta triste historia que vive nuestro país hermano.

Apago el televisor.


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