Un cuento de José María Arguedas

Esta vez el Búho de Trome dedica su columna al gran escritor nacional José María Arguedas y una de sus relatos menos conocidos 'El joven que subió al cielo'.

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Este Búho quedó gratamente sorprendido por la lectura de cuentos de José María Arguedas en La Casa de la Literatura, la semana que pasó. Arguedas (Andahuaylas 1911 - Lima 1965) tuvo una muy prolífica producción de relatos cortos. Las historias andinas del escritor presentan ese mágico misterio que se encuentra en las frías y solitarias cumbres andinas, las quebradas, los ríos y lagos cristalinos. Para este columnista hay uno que es de los mejores, aunque no muy conocido: ‘El joven que subió al cielo’. Es tan impresionante que en algunos colegios y en certámenes literarios, los alumnos lo declaman en público y lo pueden ver en YouTube.

Es una historia alucinante, hermosa, pero a la vez triste, desgarradora, como el alma y el corazón del gran escritor, que se suicidó, después de varios intentos frustrados, en su oficina de la Universidad Agraria, en 1965. Es un relato fantástico. Unos esposos campesinos cultivaban en las alturas de su chacra la más hermosa papa que la tierra podía hacer brotar. Sin embargo, todas las noches ladrones llegaban y las arrancaban de cuajo. Los esposos se preguntaban cómo era posible que, teniendo un hijo tan joven y fuerte, les roben impunemente.

‘¡Anda a la chacra y agarra a esos ladrones!’, le ordenaron, pero el muchacho se quedaba dormido y los ladrones en un segundo volvían a llevarse la papa. Después de darle una paliza, lo obligan a regresar a la chacra. En una noche de luna llena, el joven con un ojo abierto vio algo que lo impresionó: ¡una multitud de hermosísimas jóvenes blanquísimas pobló el sembrío! Sus rostros eran como flores, sus cabelleras brillaban, eran mujeres vestidas de plata. Todas ellas escarbaban y arrancaban las papas.

Las chicas eran en realidad estrellas que habían tomado la apariencia de princesas y habían bajado del cielo. El joven se enamoró de tanta belleza y se lanzó para atraparlas. Todas se elevaron al cielo, pero cogió a una. Se la llevó a su choza y le propuso matrimonio. Pese a la reticencia de la chica, logró llevarla y la presentó a sus padres, que quedaron embelesados con su belleza. Apoyaron a su hijo y los dejaron vivir con ellos, pero nunca permitieron que la muchacha salga de la casa. Ningún vecino la había visto. Salió embarazada pero, misteriosamente, el bebé nació muerto. Un día, el muchacho se fue a trabajar lejos y la muchacha escapó y desapareció.

El joven literalmente enloqueció ante su pérdida. No solo lloró, sino que perdió la cordura. En un peñasco se encontró con un cóndor que le preguntó por qué estaba en ese estado de abandono. El muchacho le contó su historia, su amada había vuelto al cielo. El cóndor le dijo que, efectivamente, ella retornó al cielo y que él podía llevarlo hasta allá si le traía dos llamas, una para devorarla en el instante y otra para el camino. El muchacho cumplió su pedido.

La única condición que le puso el cóndor era que cerrara los ojos y nunca los abriera y cuando gritara ¡carne!, con un cuchillo sacara una lonja de la llama y se la pusiera en el pico. Pero también le hizo otra terrorífica advertencia: ‘Así estemos a cualquier altura, si te grito ¡carne! y no me la pones en el pico, te soltaré y te despedazarás al caer en los peñascos’. Para su mala suerte, la carne de llama se había acabado y la bestia alada gritó ¡carne! El joven, desesperado, cortó un pedazo de carne de su pantorrilla y se la dio al cóndor. Así, a costa de su sangre y carne, después de tres años llegaron al cielo.

El cuento, como podrán ver, es alucinante y no revelaré el final. Se los recomiendo. No debe sorprender la calidad literaria de José María, pues muchos ignoran que él, al igual que Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo, sus referentes literarios latinoamericanos -sobre todo Rulfo, con quien se tenían admiración mutua y quien llegó a decir que ‘Arguedas es mejor que Vargas Llosa’- recibió la influencia del gran William Faulkner.

La literatura de Arguedas es moderna, como el cuento que les presenté. No puede calificarse de ‘indigenista’, aunque ubique sus historias en el espacio andino; tiene como protagonistas a gente del mundo andino, que es diferente. Arguedas, en los diarios de su libro póstumo ‘El zorro de arriba y el zorro de abajo’, le hace a Juan Carlos Onetti el más grande halago que un escritor puede hacerle a otro escritor: Escribió que le gustaría estar en Montevideo para encontrarse con Onetti y ‘estrecharle la mano con la que escribe’. Onetti le devolvería la deferencia, lamentablemente, después de su muerte: ‘Yo estaba regresando a Montevideo, al cabo de un viaje. De dónde venía, no recuerdo, pero sí recuerdo que en el avión había leído ‘El zorro de arriba y el zorro de abajo’, la novela final de José María Arguedas.

Él había empezado a escribir ese adiós a la vida el día que decidió matarse, y la novela era su largo y desesperado testamento. Yo la leí y le creí; aunque no conocía a ese hombre, le creía como si fuera mi siempre amigo’. Hermoso. Apago el televisor.

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