Mesa Redonda. (Foto: Juan Ponce/GEC)
Mesa Redonda. (Foto: Juan Ponce/GEC)

Escribo esta columna con mi hijo en las rodillas. Sus ojitos, enmarcados por unos lentes rojos de carey, siguen la revoltosa danza que mis dedos hacen sobre el teclado. Tiene la fragilidad de un pollito que acaba de romper el cascarón y la dulzura de un osito panda. Su único afán es colorear sus cuadernos de dibujo. Mientras él juega a adivinar mi próximo movimiento, yo lo observo con la tranquilidad de saber que conmigo nada podrá pasarle, nada podrá faltarle. Somos afortunados, pienso.

He caminado las calles de esta gran ciudad durante todo el año. He visto con desconcierto todos los rostros de la pobreza: de punta a punta. Desde Villa María del Triunfo hasta San Juan de Lurigancho. He compartido la angustia de decenas de padres que cada madrugada, bajo el manto de la oscuridad, caminaban apresurados a comprar prendas al por mayor para poder revenderlas en las calles de La Victoria. Los he acompañado en ese peregrinaje ‘kamikaze’, que los hacía más vulnerables al contagio del maldito virus. Pero era el virus o el hambre. Quedarse esperando un bono o salir a lucharla en la calle. No había más opciones para ellos.

He acompañado a los vendedores ambulantes de Mesa Redonda en esta campaña navideña. Estuve junto a ellos cuando los reventaban a palos, les ‘decomisaban’ sus mercaderías o cuando algún colega con ínfulas de superioridad los juzgaba y hasta los sentenciaba. Aún tengo en la retina la imagen de un joven de 33 años, padre de familia, desempleado, a quien unos ‘salvajes’ fiscalizadores le rompieron la cabeza por no dejarse quitar sus productos. Pero también recuerdo a Luisa, Chabuca, Jonathan, Félix vendiendo desde adornitos navideños hasta trusas para Año Nuevo. Siempre educados y animosos, a pesar de las extenuantes y eternas horas de trabajo. Conscientes de que en este país uno no depende de nadie, sino de su propio esfuerzo y sacrificio.

Nunca olvidaré lo que me dijo una tarde el legendario fotógrafo Carlos ‘Chino’ Domínguez: ‘Perro que no camina no encuentra hueso’. Y desde entonces esa ha sido mi consigna. Caminé y seguiré caminando las calles de este hermoso país, porque es así como se entiende y comprende a nuestra sociedad. A estas alturas, cuando el año se va terminando, solo queda mirar hacia adelante, con la esperanza de que sean tiempos mejores para todos. Con la certeza que desde nuestra trinchera intentaremos hacer las cosas bien. Ya no por uno mismo, sino por nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos. Si hoy este Búho puede escribir estas líneas y usted leerlas es porque somos afortunados, porque hemos sobrevivido a un año trágico y seguimos de pie, con fuerzas, respirando.

En algunos años, cuando el pequeño que tengo ahora sobre las rodillas sea un muchacho con responsabilidades y deberes, hablaremos sobre esta temporada catastrófica que nos tocó vivir. Pero también hablaremos sobre esos peruanos luchadores, emprendedores y solidarios que nos salvaron del pesimismo y que hicieron de este país un país mejor.

Apago el televisor.


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