Pico TV. El Búho, el columnista más leído del Perú, te explica lo que pasa en el país.
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Son las 7 de la mañana y recibo la llamada del director del diario: “Búho, la mejor manera de hacer periodismo es recorrer las calles. Anda a los mercados, pisa barro, cerros, respira pueblo”. Me doy un baño, tomo un desayuno ligero y enrumbo hasta la periferia sur de la capital. El calorcito ha motivado que más personas asomen a las calles. Las carretillas de cebichitos al paso abundan, los ambulantes de gaseosas heladas acechan en cada semáforo. Los vendedores de caramelos se han renovado como Papá Noeles y ahora ya no ofrecen golosinas, sino desinfectan con alcohol buses y combis. Entre peruanos y venezolanos se confunden en estas labores. La capital parece más informal que de costumbre.

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En el inmenso mercado Ciudad de Dios, en San Juan de Miraflores, muchas mamitas llegan temprano para hacer sus compras. En un lugar tan abarrotado como este centro de abastos, no descuidan su salud y se preocupan por usar correctamente sus mascarillas y desinfectarse las manos con alcohol. En un puesto de diarios se lee en un gran titular: Variante ómicron asusta en el mundo. Temen una tercera ola. Me acerco a las madres a consultarles sobre sus compras del día, responden a bocajarro: “Señor periodista, todo ha subido. Antes hacía mercado con 20 soles y ahora con 30 o 40 soles. No sabemos qué hacer para estirar el dinero”.

El cambalache político ha afectado al peruano trabajador. La inestabilidad creada desde el Gobierno, con sus actitudes amenazantes, contradictorias, descoordinadas y disparatadas, está dinamitando una economía que con la pandemia ya estaba moribunda. Esto afecta, sobre todo, a quienes se rompen las espaldas durante diez o doce horas. Son esos peruanos que ganan el sueldo mínimo los que más padecen. También sufren los pequeños empresarios, que ya no pueden abastecer sus negocios porque todos los precios han subido, ni pueden pagar los alquileres de sus locales y que por obligación deben reducir la cantidad de su personal. Es así que, con una economía en cuidados intensivos, con un dólar que llega a 4.05, muchos compatriotas han perdido sus puestos de trabajo. Aquí nomás, en este inmenso mercado de la capital en donde estoy parado, hay varios puestos cerrados y sin indicios de que vayan a abrir pronto. Ellos no piden limosnas, bonos, ni ninguna medida paliativa, quieren un trabajo honrado que les permita vivir dignamente.

Tal vez esa cruda realidad no la ve el presidente Pedro Castillo porque lejos de generar un clima de paz, de estabilidad, de calma, está espantando las inversiones privadas, que son las que generan empleo. Es increíble que no se haga nada con esas hordas de antimineros que reclaman más plata y atacan a las compañías mineras formales que dan trabajo a miles de peruanos. Parece que el propio Gobierno los azuzara. El presidente sigue yendo sin rumbo, desconectado de la realidad, del pueblo, del que tanto se llena la boca. ¿Vendrán tiempos mejores? No lo sabemos. En las calles no hay mucho optimismo. Quién lo tendría en estos momentos, cuando ya ha quedado demostrado el paupérrimo nivel político, de liderazgo y de gestión del chotano. “La gasolina ha subido y ahora taxear ya no me rinde. Si se me malogra el carro, repararlo será imposible”, me dice un taxista, que sabe que los repuestos se importan.

Cerca de Ciudad de Dios está el terminal pesquero de Villa María del Triunfo. Aquí llegan cientos y cientos de empresarios del rubro gastronómico. Así como el pollo, el pescado también ha subido su precio. Antes un kilo de chita costaba 25 soles, hoy supera los 50. Esto ha tenido como consecuencia el aumento en los costos de los platos. “Y ahora se ha reducido la cantidad de comensales. Nosotros como empresarios perdemos, pero hay que seguir chambeando, señor periodista. Si el negocio no mejora, también deberé cerrar mi negocio”, me dice un joven cocinero norteño que tiene su puestito cerca del terminal. Allá voy con él. Dice que prepara la mejor chita al ajo de la zona. Y sí. Tiene razón. Apago el televisor

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