Satipo. Ubicada en Junín, es un destino excelente para aquellos que gustan de la naturaleza. (Foto: Henry Gines)
Satipo. Ubicada en Junín, es un destino excelente para aquellos que gustan de la naturaleza. (Foto: Henry Gines)

Este Búho es un viajero incorregible, por eso les contaba que una invitación de una querida y bella amiga fue la excusa perfecta para coger mi mochila y viajar a la calurosa y pujante ciudad de Satipo, en Junín.

Después de largos meses de cuarentena, agobiado por la caótica coyuntura política y social, me lancé hasta el terminal de Yerbateros para coger el primer bus y recorrer durante 11 horas esa serpenteante y siempre incierta Carretera Central, que atraviesa las tres regiones de nuestro país. Por la ventana del bus pude ver con fascinación cómo el paisaje se transformaba cada tres o cuatro horas.

Pasamos de las secas tierras costeñas a las escarpadas montañas del ande, para terminar entre el espeso verdor de la selva. Esa pequeña experiencia es una clase maestra de realidad nacional. Apenas en 11 horas pude ver cómo está funcionando el protocolo de bioseguridad en el transporte interprovincial, cómo se comporta el ciudadano de la costa, sierra y selva frente a la pandemia. Cómo se reactiva la economía en ciudades alejadas de la capital. La ruta agotadora se compensa con esa maravillosa travesía que muestra escenarios tan alucinantes como los cuadros de pintura del francés Claudio de Lorena.

Allá, mi anfitriona me recibió con una hermosa sonrisa: ‘Bienvenido, Buhito. Aquí la vamos a pasar rico. Súbete a mi moto’. Y con la brisa fresca que golpeaba nuestro rostro, ingresamos a Satipo, una ciudad pequeña pero con todas las comodidades que un viajero exigente pueda necesitar. Desde hoteles lujosos hasta restaurantes gourmet. Desde hospedajes humildes hasta huariques populares. A la suerte de un sol abrasador, el mejor remedio fue un refresco heladito de camu camu. ‘Sé que has llegado cansado y con hambre, déjame llevarte a mi lugar favorito’, me dijo la amable amiga. Así terminamos en el Ponoa, un restaurante de dueños huancaínos que, gracias a su buena sazón y bajos precios, es el más concurrido de la zona. Ahí uno puede degustar un pollito ahumado, con yuquitas, plátanos fritos y tacacho o un costillar en salsa chimichurri con los mismos acompañamientos.

Por la noche, si camina unos metros más en la misma cuadra, en un puestito al filo de la vereda, podrá disfrutar del pescado palometa, paco o tilapia cocidos al carbón, envueltos en hojas de plátanos. Los satipeños, como sucede en todo el país, son compatriotas amables, cálidos y predispuestos a ayudar a los visitantes. Siempre sonrientes y atentos. Si uno se sienta en la plaza mayor de la ciudad, a la sombra de unas imponentes palmeras, observará en ellos su parsimonioso estilo de vida. Van con calma, sin sobresaltos ni agobios. Tienen esa tranquilidad que un hombre, acostumbrado al vertiginoso estilo de vida del periodismo, envidia.

Durante muchos años la provincia de Satipo viene librando una guerra interna, pues en sus montes casi inaccesibles el narcotráfico sigue tejiendo sus redes. Las muertes por enfrentamientos entre las mafias son registros constantes en distritos como Pangoa.

Sin embargo, en otras partes, donde antes se sembraba plantas de coca y hoy hay cacao y café, uno tiene la sensación y la esperanza de que paso a paso se va ganando la guerra, al menos en esta provincia de Junín.

Precisamente, los pequeños negocios han hecho del cacao y el café su bandera. No hay esquina donde no te vendan un cafecito recién pasado o un frappé para aliviar el calor. Las rutas turísticas de aventura tienen su columna vertebral en las innumerables cataratas que existen en esta parte del país: Tsyapo, Tina de Piedra, La Resistencia, Tsomontonari, Las Rocas, entre otras.

Mi anfitriona, una talentosa e inteligente integrante de la Policía Nacional del Perú, me lo advirtió: ‘No te vas a querer ir’. Y por sus atenciones, la deliciosa comida, el clima cálido y su geografía, realmente no quería volver a la caótica Lima, pero por mis obligaciones de padre y periodista tuve que partir.

Pienso que, bien cuidados, los peruanos podemos empujar y sacar a flote el turismo nacional, una de las actividades más golpeadas por el virus. Apoyando a pequeños negocios de alojamientos y restaurantes o comprándoles sus productos a familias emprendedoras podemos lograr un cambio, que aunque parezca minúsculo es importante. ‘Vuelve pronto, Buhito’, y me despidió con un besito, de esos que no duran hasta el lunes, sino para siempre.

Apago el televisor.


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