El estadio de San Marcos

El Búho cuenta anécdotas del remodelado estadio de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). 

El Búho

El Búho cuenta anécdotas del remodelado estadio de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). (Foto: Lima 2019)

El Búho cuenta anécdotas del remodelado estadio de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). (Foto: Lima 2019)

Este Búho asistió al remodelado estadio de San Marcos para el partido inaugural del Sudamericano Sub-17 y me quedé con la boca abierta.

No podía creer que este espectacular coloso sea el llamado ‘elefante blanco’ por el que transité en mi niñez y juventud. En mi infancia, porque era vecino de la universidad, al vivir en la Unidad Vecinal Mirones, a pocas cuadras, y luego porque regresé como orgulloso alumno.

De niño, correteaba con mi mancha de palomillas del barrio, en ‘coches’. Esos vehículos artesanales de madera, con rueditas de rodajes en los que nos íbamos de Mirones hasta a la universidad. Ingreso al túnel del tiempo: Mi tía Nena, de dieciocho años, había comprado entradas para el concierto de Carlos Santana en 1971, que costaban 100 soles de la época, y me llevó en bicicleta para ver cómo arreglaban el estadio para el gran espectáculo de un músico que había triunfado en el festival de Woodstock en 1969.

Cuando llegamos vimos una batalla campal, los hippies que trabajaban instalando los baños portátiles se enfrentaron en una tremenda trifulca con los estudiantes radicales izquierdistas del FER, que habían destruido lo que los pelucones habían instalado toda la noche, dizque porque no querían ‘una penetración imperialista’ en su universidad. Al final, el concierto no se realizó porque el presidente Velasco expulsó al músico y su banda. Pero quedó para la historia ‘el frustrado concierto de Santana en San Marcos’.

Como la canción del gran Pedro Suárez Vértiz, ‘Pasear en bicicleta’, mi mancha de adolescentes mixta del ‘Parque de arriba’ de Mirones, con más de veinte bicicletas, la bicimoto de las hermanas Pérez y tres motos -la del finado Toshiro, los Chuquilín y el ‘Chino’ Alejandro-, llegábamos al estadio y sus gigantescas rampas en las épocas de la música disco, con temas emblemáticos de los Bee Gees, ‘El diablo vestido de azul’ o ‘La negra Betty’.

Eran los años maravillosos que terminarían abruptamente para este columnista, porque había culminado el colegio y debía encerrarme para estudiar e ingresar a la universidad. Sin pensarlo dos veces elegí San Marcos, contra la opinión de mis padres que querían que fuera a la Católica. Ni hablar, San Marcos era como mi casa, con sus alucinantes muros con las gigantescas imágenes de Mao Tse Tung, Marx, Lenin. Ya en la universidad fui fiel cumplidor de aquel dicho universitario que rezaba: no es sanmarquino quien no ha cumplido cuatro requisitos: haber participado en una movilización, haber subido al ‘burro’ (ómnibus), haber comido en la ‘muerte lenta’ (comedor) y haber tenido un encuentro amoroso en las vacías y frías gradas del estadio.

Para muchos, esto último era lo más difícil de cumplir, porque muchas ‘compañeras’ se mostraban reacias a ir para allá de noche, había que meter mucho ‘floro’. Las parejas de alumnos enrumbaban de la mano al estadio ni bien anochecía. Pero estar en la intimidad con tu enamorada en el coloso tenía sus riesgos. No por algunos fumones de la Unidad Vecinal o Los Cipreces, que eran inofensivos. Había un riesgo mayor, una sombra siniestra con la que se topó una noche mi chochera Wilfredo, hoy CEO de una gran empresa nacional del rubro de lubricantes. Regresó del estadio con su enamorada y ambos estaban blancos como un papel. ¿Qué pasó, Willy? ‘Nos asaltó un negro, sacó un tremendo cuchillo, nos robó todo, pero fue buena gente porque nos dejó el carnet y un sol para nuestro medio pasaje’. Habían sido víctimas del ‘Zambo, el terror de las parejas del estadio’. Serían las víctimas número quinientos, porque ese negro ‘trabajaba’ todos los días. Los universitarios eran sus víctimas perfectas. No podían ir a la comisaría a denunciar el robo, porque podía venir el papá de la chica a preguntar ‘¿hijita y dónde te asaltaron?’ y ella no le iba a responder ‘en el estadio, papi, estaba con Willy a las nueve de la noche estudiando anatomía’. ¡¡Nooo!! Por eso los sanmarquinos se quedaban calladitos. Solo lo contaban a amigos para que se cuidaran si iban al estadio con sus parejas.

Pero un lunes en la mañana ¡¡encontraron un cadáver en las gradas del coloso!! El muerto no era universitario ¡¡Era el moreno terror del estadio!! Seguramente intentó asaltar a alguien, que resultó un policía. Aunque otros sindicaron a los senderistas como los autores.

Me quedé corto, prometo contar mas anécdotas del estadio sanmarquino, que será la estrella de los espectaculares Juegos Panamericanos que se desarrollarán en nuestra querida Lima.

Apago el televisor.

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