La caída de los Fujimori

El Búho analiza la caída de los Fujimori desde Alberto Fujimori hasta Keiko Fujimori. 

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Este Búho asiste al desmoronamiento, al derrumbe, a la estampida del otrora monolítico movimiento fujimorista que lidera Keiko Fujimori y veo que se resquebraja en su ley. Un partido fundado en 1990 por un profesor universitario, el ingeniero Alberto Fujimori, que se encontró con la presidencia y tuvo la oportunidad de realizar las reformas del Estado que a gritos reclamaba el país después del desastroso primer gobierno de Alan García, pero las buenas intenciones y proyectos de tecnócratas sensatos que lo acompañaron inicialmente, fueron barridos por la vil labor de su principal asesor y compañero de raterías, Vladimiro Montesinos.

Me reafirmo en que el movimiento político fundado por Fujimori, hoy parece la escena de la película ‘Titanic’ cuando ni bien empieza a hundirse en el océano, se muestra en primer plano a un ejército de ratas yendo a cubierta para abandonar el barco. Así está terminando el fujimorismo de Keiko.

Con un pie en la cárcel, acusada por la Fiscalía de liderar una banda criminal en el partido junto a sus íntimos colaboradores Pier Figari y Ana Herz. El desbande se dio con su secretario general a la cabeza, el controvertido José Chlimper, que va limpiándose del ‘chicharronazo’ de un pago de 210 mil dólares que hizo por Fuerza Popular a RPP, donde el gerente, hijo del dueño, lo echó y Chlimper, cínicamente, niega el pago. Con un escudero de Keiko, el congresista Rolando Reátegui, quien durante la bronca de Alberto y Kenji frente a Keiko, defendió a la ‘China’ atacando en público al patriarca con un ‘Alberto Fujimori debe tomar agüita de azahar’, afrenta al líder histórico que fue premiada por Keiko con la presidencia de una comisión parlamentaria.

Hoy Reátegui la acusa de abandonarlo a su suerte y de liderar la mafia que repartía el dinero corrupto de Odebrecht para que consiga ‘aportantes fantasmas’. Antonio ‘Toñito’ Camayo contó al fiscal José Domingo Pérez que fue Héctor Becerril el enlace entre Hinostroza y la ‘señora K’ y el encuentro a puerta cerrada se dio en la casa de Camayo.

‘Hinostroza me contó, durante la fiesta patronal de mi pueblo, que estaba orgulloso de conocer y servir a Keiko. Con esos contactos políticos voy a poder ser presidente del Poder Judicial’, le dijo el ‘Hermanito’ abriendo los brazos. El partido se desmorona en medio de la publicación del infame chat de ‘La Botica’, donde se demuestra cómo Keiko mantenía a sus congresistas enganchados a sus pueriles y ridículas directivas: ‘aplaudan’, ‘pónganse de pie’, ‘lancen arengas’, ‘aplaudan protocolarmente’, son acatadas a pie juntillas por su bancada, como niños de primaria. Y los de ‘La Botica’ escribían sobonamente ‘Ok, claro, jefa’. La hija de Alberto redujo la política a la filosofía del ‘chicheñó’.

No está muy lejana a otra aventurera, Nadine Heredia, que hundió a Ollanta, dinamitó a su bancada y gritaba en público ‘¿Dónde está mi ministra?’. ¿Qué hizo el Perú para merecer esto? El líder aprista Haya de la Torre nunca fue candidato al Congreso y manejaba el partido desde Villa Mercedes, en Vitarte, o desde Europa, a donde viajaba. Pero tenía una célula parlamentaria de lujo, con Luis Alberto Sánchez, Ramiro Prialé, el ‘Cachorro’ Seoane, Carlos Manuel Cox, Guillermo Larco, entre otros líderes que no eran meras comparsas o chulillos del jefe. ¡Qué diferencia con Keiko, que eliminó a líderes históricos para meter a las bochincheras Beteta, la ‘matadora’ Chihuán o el indescifrable Héctor Becerril.

En parlamentos encabezados por Felipe Osterling o Roberto Ramírez del Villar, estos fujimoristas no hubieran calificado ni para servir el café a diputados y senadores. Por eso me reafirmo. En buena hora que el fujimorismo se desmorone. Al país le importa un pito que Keiko y Kenji se amisten y vuelva ‘la unidad familiar’.

Más bien, todos queremos que la política discurra por tópicos y terrenos muy ajenos a los que nos hizo transitar esta estirpe que tanto daño le hizo y le hace al Perú. Si nos atenemos a la gran obra maestra de Gabriel García Márquez, ese tipo de estirpes, como la de Aureliano Buendía, de la novela, terminan muy, pero muy mal. En la laureada obra del premio Nobel colombiano, pasan muchos años y en Macondo ya nadie se acuerda del linaje de los Buendía, solo queda el último de los Aurelianos, que se enamora de su tía (...) y de esos amores nace un niño con cola de cerdo a causa del incesto. La madre muere desangrada por el parto y al niño se lo comen las hormigas. Apago el televisor.

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