Jaime Bayly: ‘Los últimos días de La Prensa’ es su mejor novela, según El Búho

Nuestro columnista volvió a leer ‘Los últimos días de La Prensa’, una de las novelas más conocidas de  Jaime Bayly.

Jaime Bayly

Nuestro columnista habla de una de las obras más conocidas de Jaime Bayly.

Nuestro columnista habla de una de las obras más conocidas de Jaime Bayly.

Este Búho aprovechó el feriado largo para releer la novela mejor lograda del polémico Jaime Bayly, ‘Los últimos días de La Prensa’ (l996). Nunca estuvo más hilarante, salvajemente corrosivo y pendenciero, al retratar el mundo de un periódico. Un chiquillo de quince años, Diego Balbi, alter ego de Bayly, llega para convivir con una troupe de periodistas e intelectuales viejos, orates, alcohólicos y fascistas ultraviolentos. Ganador de premios como Herralde y Planeta, Jaime, en esta su tercera novela, se aleja de su atormentada atmósfera gay de anteriores trabajos, para narrar historias de un mundo tan fascinante como decadente. Diego Balbi ingresa a La Prensa en 1980 porque la situación en la casa de sus padres se había tornado insostenible. Producto de su abuso de las drogas, su indefinición sexual y la expulsión del colegio, su padre se había convertido en un cancerbero y el joven Balbi amenazaba transformarse en un Edipo de Tebas. Para evitar un parricidio, se refugió en la casona sanisidrina de sus abuelos. El viejo es el personaje más tierno de la novela, pues apoya a su nieto en su intención de ingresar a trabajar a un diario, ya que su abuela comulgaba en la iglesia con el director del periódico. “Cuando llegué a su casa, ya el viejo estaba jodido”, escribe. “Mi abuelo fue agricultor desde muy joven y su hacienda era todo lo que tenía, todo lo que había soñado, su vida entera. Pero un día vino un dictador militar, Velasco, que le quitó su hacienda y no le dio un sol en compensación, y el cardenal Landázuri bendijo ese despojo. Mi abuelo nunca pudo recuperarse de esa triple desgracia: que le robaran el patrimonio de toda una vida de trabajo, que el jefe de la Iglesia Católica aplaudiese el robo y que lo dejaran humillado y en la miseria”. En la novela, el abuelo manda cartas diarias al director del periódico y al presidente Felipe Correa (Belaunde), al que califica de calzonudo, para que le devuelvan su hacienda de naranjas en Huaral.

Diego Balbi, en el periódico del Centro de Lima, hace grupo con una pléyade de jóvenes estudiantes de la Universidad Católica. Este grupo en verdad existió y fueron los llamados ‘Jóvenes turcos’ (Enrique Ghersi, Juan Carlos Tafur, Mario Ghibellini, Carlos Espá, Freddy Chirinos, Iván Alonso, entre otros, quienes gracias a Federico Larrañaga (¿Federico Salazar?), que era hijo del director Arturo Larrañaga (¿Arturo Salazar Larraín?), ingresaron al diario que fundara Pedro Beltrán, cuando ya estaba en su etapa moribunda. El gran periódico, que en una época mantuviera a una plana de periodistas de primer nivel, a la que llamaban ‘La escuelita de Beltrán’, en ese año ochenta, después que el gobierno de Belaunde les devolviera el diario a sus dueños, estaba comandado por Arturo Salazar Larraín y el jefe de editorial era un locuaz y erudito Enrique Botto (Chirinos Soto). Este personaje introduce al joven Diego a la cultura, pero sobre todo a la cotidianidad de las bebidas espirituosas en los mullidos sillones del Club Nacional. Fue en aquella Redacción de La Prensa donde el verdadero Enrique Chirinos bautizó a ese grupo de jóvenes liberales y libertinos como los ‘Jóvenes turcos’. Enrique Ghersi, abogado y coautor de ‘El otro sendero’ con Ghibellini y Hernando de Soto, no dudó en calificar la novela de Bayly como una divertida ficción. Lo cierto es que en la obra, los jóvenes sí se metían grandes ‘turcas’ en insomnes noches de bohemia y puterío con la plata que la tía de su amigo Larrañaga, la ‘Devoradora de hombres’ y todopoderosa secretaria del director, manejaba de la ‘caja chica’. Las malas lenguas dicen que el periodista Federico Salazar se molestó un buen tiempo con Bayly por lo que consideró ‘exageraciones’. Pero otros personajes que integraron la cofradía de los ‘Jóvenes turcos’, como Freddy Chirinos -hoy influyente asesor de PPK- y el periodista Juan Carlos Tafur, ambos en ese entonces jóvenes estudiantes de la Católica, relataron a este columnista que la Redacción de La Prensa en verdad estaba llena de seres alucinados, orates homicidamente anticomunistas y beodos. No fueron elucubraciones de Bayly. Incluso, fue verdad una de las partes más alucinantes de la novela, cuando el jefe de la sección de Policiales, anticomunista que había peleado en la Segunda Guerra Mundial, lanzó del balcón de un segundo piso a su redactor y este terminó con todo el cuerpo enyesado. Ese redactor, años después, corroboró a este Búho el terrible episodio. El periodista se llama Héctor Perona y se reía cuando me contó su historia. Ya no era un simple redactor, sino el jefe de Policiales de La Razón, diario cuyo director era ‘Chema’ Salcedo. Diego sostiene con convicción que esa Redacción, como todo periódico, ‘se asemejaba a un manicomio o un burdel’. Balbicito es un adolescente que en su hogar paterno es considerado un monstruo, en el hogar de sus abuelos un tierno niño y en La Prensa un jovencito que descubre un mundo extraño, donde desfilan tantos personajes como en un circo. Misteriosas damas medio brujas y medio hechiceras, que viven en casonas ruinosas con decenas de gatos; beodos cultísimos; anticomunistas asesinos; secretarias ninfómanas; redactores putañeros, borrachos o drogos. Una historia hilarante y cautivadora. El testimonio de redacciones periodísticas que ya nunca volverán. Por eso es tan importante que novelas como esta den fe de ese mundo de locos que un día fue uno de los más importantes diarios del país. Apago el televisor.