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Julio Ramón Ribeyro

El Búho dedica esta columna al genial escritor nacional Julio Ramón Ribeyro , uno de sus autores favoritos.

Julio Ramón Ribeyro
Julio Ramón Ribeyro
Julio Ramón Ribeyro

Para este Búho, Julio Ramón Ribeyro siempre fue uno de sus escritores peruanos preferidos, junto a Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce y Manuel Scorza. Me cautivaban los personajes de sus cuentos, hombres fracasados, sin brillo, irremediablemente condenados a la mediocre oscuridad citadina. El propio Ribeyro, cuando publicó ‘La tentación del fracaso’ (2003), un conjunto de anotaciones de su diario personal que van desde 1952 hasta 1978, desnuda ante sus lectores, de la manera más descarnada, lo triste de su existencia en una Europa de posguerra que no le ofrece nada a ese joven miraflorino que llegó al ‘Viejo Continente’ para lograr consagrarse como escritor.

En el diario de 1950, Julio Ramón escribe: ‘¿Por qué estaré tan decepcionado? Sin dinero, sin éxitos, sin amores, mis días van cayendo como las hojas secas de un árbol. Rodeado de oscuridad, de cenizas. Hoy me siento incapaz de todo. Una pereza moral irresistible. Solo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca (...). ¿Pero adónde ir? Si llevo dentro de mí el germen de todo mi destino, ¿para qué hacer rodar por todos los paisajes, como un circo ambulante, el espectáculo de mi vida equivocada?’.

También me llama la atención su concepto de la vida y la amistad: ‘Un amigo es alguien que conoce la canción de tu corazón y puede cantarla cuando a ti ya se te ha olvidado la letra. Los amigos desarrollan en nosotros nuestras virtudes potenciales; una persona sin amigos corre el riesgo de no llegar jamás a conocerse. Cada amigo es un espejo que nos refracta desde un ángulo distinto. Cada amigo crea en nosotros una zona de contacto, un campo propicio al desarrollo de un determinado tipo de amistad. Es por ello que podemos tener dos amigos íntimos que no lleguen jamás a comprenderse entre sí’. Fragmento de ‘La tentación del fracaso’.

Recuerdo que cuando era estudiante sanmarquino andaba todo el día con un tomo de su libro de cuentos titulado ‘La palabra del mudo’. Aunque no lo crean, ese libro salió en una colección que promovía Panamericana Televisión y la propaganda aparecía a cada rato en la tele junto a la promoción del disco de los ‘Menudo’. Eran los ‘Telelibros Pantel’. Ribeyro se encargó de explicarle a los lectores por qué escogió ese sugerente título: “¿Por qué ‘La palabra del mudo? Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que, en la vida, están privados de la palabra. Los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituido ese hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y angustias”.

Creo que él sintetizó la fatalidad del infortunio de los de abajo, de una clase media venida a menos, de los mediocres, arribistas o perdedores. Junto a todo esto, una herencia kafkiana, como en el inolvidable cuento ‘La insignia’, donde un hombre encuentra una misteriosa insignia y se va involucrando en una secta incomprensible en la que, poco a poco, con absurdas pruebas llega a ser el presidente.

De su primer viaje a Europa saldría el excelente libro ‘La tentación del fracaso’, una recopilación de sus diarios personales durante su larga estadía europea, donde tuvo que trabajar como portero de un hotel, reciclador de periódicos o cargador de bultos en el metro. Solo lo satisfacía escribir y fumar, vicio que le produjo un cáncer del que fue operado dos veces y lo llevó a escribir ‘Solo para fumadores’, un descarnado relato de cómo se puede llegar a considerar el cigarrillo como parte de tu vida. Allí anota: ‘Se adoró al sol porque encarnaba al fuego y a sus atributos, la luz y el calor. Secularizados y descreídos, ya no podemos rendir homenaje al fuego, sino gracias al cigarrillo. El cigarrillo sería así un sucedáneo de la antigua divinidad solar y fumar una forma de perpetuar su culto. Una religión, en suma, por banal que parezca. De ahí que renunciar al cigarrillo sea un acto grave y desgarrador, como una abjuración’. Llegó a vender los libros que más amaba para poder comprar una cajetilla de cigarros. Murió en su ley. Apago el televisor.

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