Michael Dougles y Katherine Turner en un clásico de los 80'. (Difusión)
Michael Dougles y Katherine Turner en un clásico de los 80'. (Difusión)

Este Búho, con sus ojazos, ve cómo pese a que ya están separados y con respectivas nuevas parejas, se sacan los ojos, se espían, se graban y lo peor es que lanzan graves acusaciones donde inmiscuyen a su pequeña hija en su pleito, obligándola hasta a pasar por la cámara Gesell. Definitivamente le están haciendo un daño a la pequeña.

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Me recuerda la bronca de una pareja que también se sacaba los trapitos sucios en medios de comunicación: Jefferson Farfán y Melissa Klug. La ‘blanca de Chucuito’ lo tildaba de mal padre, ‘padre ausente’ y en venganza no dejaba que su abuela, doña Charo, viera a sus nietos. Se vivió una verdadera ‘guerra’. Felizmente ese culebrón terminó cuando una jueza de familia los puso al orden y ambos personajes arreglaron el asunto en forma privada, como debieron haberlo hecho desde el principio.

Al final, lo que la opinión pública sacó en claro es que todo el reclamo se reducía exclusivamente a una cuestión de dinero. Una bronca como la de Melissa Paredes y el ‘Gato’, que algún día fueron felices, tuvieron una hija y ahora se quieren ‘destruir’, me hizo volver a ver una película imperdible que la tengo en mi videoteca y recomiendo que la busquen todos aquellos que se quieren divorciar o que están pensando hacerlo.

LA GUERRA DE LOS ROSES

El filme no es otro que la alucinante ‘La guerra de los Roses’ (1989), dirigida por el sorprendente actor Danny DeVito. El comienzo es aleccionador. Está el abogado Gavin D’Amato (Danny DeVito) en su estudio frente a un cliente que quiere divorciarse y se permite decirle unas palabras. “Antes de iniciar el trámite, quiero que escuche la historia de los esposos y Barbara Rose (Kathleen Turner). Mi cuota es de 450 dólares la hora. Cuando un hombre que gana 450 dólares la hora quiere decirle algo sin costo alguno, debe escucharlo”.

Y así comienza la historia de la pareja. Oliver era un joven de origen clasemediero, que con esfuerzo estudió en Harvard, ella era una gimnasta con proyección, bella, inteligente. Se conocieron en una subasta, donde se enfrentaron por comprar un adorno. Ella pujó hasta ganar y eso hizo que se enamoraran y se casaran.

La mujer dejó sus estudios y se convirtió en ama de casa y educaba a una pareja de niños. Además, ella lo apoyó en sus estudios en Harvard y luego él escaló hasta convertirse en un abogado estrella de un gran estudio neoyorquino. Allí se mudan a una casa de tres pisos con un inmenso jardín en un barrio residencial.

Barbara la remodela. Aparentemente forman una familia feliz, el clásico matrimonio yuppie: jóvenes, guapos, exitosos, con hijos, una gran casa, autos y objetos de valor. Pero el matrimonio, aparentemente feliz, se desmorona cuando los hijos crecen y se tienen que ir a estudiar a una universidad lejana y van a vivir en la residencia estudiantil.

Allí Barbara se da cuenta de que Oliver le resulta insoportable, la humilla, la menosprecia, no le da su lugar, se cree superior ¡¡y todavía ronca!! Ella se pone a trabajar y al marido le da lo mismo. Cuando accidentalmente el esposo mata a la mascota de su mujer, esta intenta asesinarlo encerrándolo en el sauna.

Pero después se arrepiente y le sirve el paté casero que prepara y cuando su cónyuge acaba, ella le pregunta: “¿Te gustó el paté?, lo hice con el hígado de tu perro”. Ambos quieren quedarse con la gran casa. Como ninguno quiere renunciar a ella, la dividen con una línea de brocha gorda.

Comienzan a destruir todos los objetos que más aman, poco a poco, brutalmente, sin importar los altísimos costos en moneda. Barbara siempre está un paso adelante y seduce al abogado de Oliver y mejor amigo D’Amato, para que salga a favor de ella.

Creo que ninguna historia de conflicto conyugal puede ser más brutal y corrosiva, pero aleccionadora, que esta. Barbara Rose (brillante la Turner en este papel) nunca dejará su odio. ¿Había amor detrás? Lo dudo. Perfecto Michael Douglas, quien al final intenta darle una pizca de sentimiento en ese pozo séptico lleno de desprecio, odio, deseo de venganza y sadismo en que se ven envueltos en el epílogo.

Brillante Danny DeVito, como el abogado D’Amato, especialista en divorcios, que después de ver el trágico final de sus amigos, les recuerda a sus clientes que mejor no se divorcien, porque al fin y al cabo el matrimonio es una sociedad que tiene también sus buenos años. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Apago el televisor.

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