Pico Tv por El búho
Pico Tv por El búho

Este Búho recorre las calles de la capital con sus ojazos bien abiertos, doble mascarilla y protector facial por seguridad. Y me quedo sorprendido al ver cómo en las calles se ve todo un festín. Como si todo hubiera vuelto a la normalidad. Como si esta maldita pandemia no existiera. Personas con la mascarilla abajo hablando entre dos o más, jóvenes tomando licor en los parques o restaurantes, bares o centros comerciales infringiendo todo protocolo con multitudes superando su lugar de aforo. Los ‘covidiotas’ están en fiestas y jaranas y no tienen ni el más mínimo cariño por sus parientes. Pareciera que no tomamos más conciencia de la dimensión de todo esto. Que llegamos a ser el país con mayor mortalidad por millón de habitantes en el mundo. Y más aún, obviamos que hay familias enteras que han perdido a más de la mitad de sus integrantes.

Con esta cepa que no distingue raza, religión ni edad. Mesas de hogares en cumpleaños o festividades donde el desamparo y la tristeza gobiernan. Pero quién lo pensaría, cuando a comienzos del año anterior todo andaba con normalidad, y en un abrir y cerrar de ojos todo daría un giro de 180 grados y nos marcaría por el resto de nuestras vidas. Nadie después de esta pandemia volvería a ser igual. Creo que ni el mayor pesimista o el brujo más prodigioso hubiera vaticinado lo que sería todo esto. Y yo tengo todo el derecho del mundo de escribirlo, porque mi viejito está en esa desgarradora estadística de muerte que ha dejado este infausto virus. Me resulta muy penoso transitar por diferentes lugares y ver este escenario. Pero, al parecer, no entendemos.

Al subir a los buses, ir al trabajo o restaurantes, y en las mismas calles, solo se oye hablar de política. Con las elecciones cercanas y la incertidumbre revolviendo todos los vientos, ríos, montañas y mares de nuestra costa, sierra y selva. Tengo la aflicción de decir que vislumbro una sociedad muy fragmentada. Que se ha formado una grieta invisible que atraviesa cada hogar y círculo social. Ya es imposible hablar sobre política, porque a los minutos las voces se levantan y con ello los descalificativos, e incluso, en el peor de los casos, llegan a los golpes o acabar con verdaderas amistades de años.

Con el Bicentenario a la vuelta de la esquina, nos encontramos con un Perú dividido. Y sea quien sea el ganador, tiene mucho por hacer. Debemos aprender a distinguir y comprender al otro. A respetar las opiniones diferentes por más que no estemos de acuerdo. De esto se trata la democracia: del poder oír y respetar las voces distintas, y juntos componer una nación más libre y justa.

Que el Bicentenario sea la apertura a un Perú más unido, como cuando juega nuestra selección y nos sentimos todos dichosos de cantar el himno, y declarar que somos parte de este país, blanco y rojo, de donde nace la chicha de ‘papá Chacalón’ o ‘Los Shapis’, la cumbia de ‘Armonía 10’ o ‘Agua Marina’, los huaynitos de Amanda Portales o el ‘Pío pío’ del querido Eusebio ‘Chato’ Grados, o la música criolla con las composiciones que fueron himnos con letra y voces de nuestro Augusto Polo Campos y el ‘Zambo’ Cavero. Y cómo olvidar a nuestra envidiable e invaluable culinaria: nuestro cebichito, pachamanca o juane. Que este hecho trascendental nos demuestre que podemos ser una mejor sociedad, para orgullosos decir: ¡Viva el Perú, carajo!

Apago el televisor.