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El maestro Hugo Neira

El Búho dedica esta columna al intelectual Hugo Neira, una de las mentes más brillantes del Perú y como su prosa y técnica narrativa influyó en su estilo periodístico.

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Este Búho se entera de que Hugo Neira (Abancay 1936), una de las mentes vivas más lúcidas del país, acaba de sacar un nuevo libro. Pero primero ubiquemos a nuestro autor, quien estudió su secundaria en el Melitón Carvajal y luego Historia en San Marcos. Era un jovencito erudito, que fue reclutado por una eminencia como el insigne historiador y diplomático Raúl Porras Barrenechea. Este lo incluyó en el grupo de sus discípulos, que trabajaban para él en su casa de Miraflores.

Aquella selecta pléyade la integraban otros jóvenes brillantes, como Mario Vargas Llosa y Pablo Macera. Tanto cariño le tuvo Porras a Hugo que, en 1960, cuando se leyó el testamento del recordado canciller, se escuchó: ‘A mi discípulo Hugo Neira le dejo veinte mil soles para que continúe sus estudios en el extranjero’. Además, le legó una fina pieza de orfebrería que le era muy querida. Al cambio, ese dinero hoy equivaldría a unos diez mil dólares y sirvió para que Neira pueda viajar a París.

A inicios de los sesenta se integró al Comité Editorial del diario Expreso, fundado por el mecenas Manuel Mujica Gallo. En aquellos tiempos surgió un fenómeno nuevo en la sociedad peruana. Miles de campesinos en Cusco estaban ‘invadiendo’ las gigantescas haciendas de propiedad de las familias más importantes de la región. La respuesta de las autoridades fue la represión, hubo muertos y los principales líderes -como Hugo Blanco- fueron detenidos, pero las ‘invasiones’ (los campesinos las llamaban ‘recuperaciones’ de tierras) se multiplicaban.

En el Congreso, la mayoría conservadora apro-odriísta censuraba al ministro del Interior y pedía más represión. Así empieza el libro ‘Cuzco, tierra y muerte’: ‘Viajé al Cuzco de un día para el otro. En este oficio no da tiempo para pensar dos veces un asunto. Pepe Encinas quiso que fuera a ver, indagar y contar. ¿Qué sucede en el sur? He aquí una pregunta que no podía quedarse sin respuesta’. A los veintiocho años, en aquel 1963, llegó al Cusco ignorando que iba a presenciar un fenómeno histórico, un radical cambio no solo de propiedad de la tierra, sino del inicio y destrucción de todo un sistema feudal instaurado desde la colonia. Tampoco sabía que esas columnas diarias que enviaba y se publicaban en el diario, se iban a convertir en un libro impresionante.

Un clásico. Para este columnista, un texto que debe estar entre los diez libros que todo peruano debería leer.Leí este libro fundamental cuando ni me imaginaba que iba a ser periodista. Y bendigo que haya sido así, pues aprendí de Neira que para escribir y, sobre todo, para opinar, hay que conocer, hay que haber estudiado. Su formación en Historia y Sociología le dieron una amplia ventaja sobre otros enviados especiales para comprender el fenómeno.

Neira no solo informa, también analiza y a veces opina fervientemente. Porque ante un panorama de injusticias, el periodista también tiene un bando: ‘He visto cómo el señorío de una casta de propietarios, sobre enormes extensiones de tierra, se está resquebrajando a pesar de parecer tan sólido, tan estable, como el mismo cambio de las estaciones o la presencia permanente de los Andes’.

El periodista se mueve por todos los sectores involucrados. Los ‘blancos’ lo adulan y lo invitan a los hoteles de lujo, donde se han refugiado ante la invasión campesina, los ‘indios’ lo reciben en las haciendas invadidas, allí es donde Neira se maravilla y se asombra cuando los comuneros se refieren al presidente como si fuera un dios. ‘¡Wiracocha Belaunde!’, gritan, y le exigen que les dé la Reforma Agraria que había prometido.

Si este columnista tiene algún estilo periodístico, debo reconocer que lo debo en mucho a este inolvidable libro. Pero el autor reconoció que él también tuvo influencias, sobre todo del libro de reportajes que hizo Jean Paul Sartre en Cuba. Pero dejemos que sean los propios párrafos de Neira los que hablen por sí solos. Durante el multitudinario entierro del mítico dirigente sindical Emiliano Huamantica, escribe: ‘He aquí, pues el Cusco: los tiempos de la historia alterados, las imágenes de siglos yuxtapuestas como en una película sobreimpresa. ¿Veía una multitud de esta época o la resurrección de un rito olvidado?... Aquella tarde fue el último mitin de Emiliano Huamantica’.

Un prosa elegante, poderosa y reflexiva a la vez: ‘Paso pues, ciego, ante las sirenas históricas de sus iglesias españolas y muros incaicos. He venido a ver el Cusco vivo, no las piedras. No el pasado, sino el presente. Cusco de 1964: turistas y mendigos’. Apago el televisor.

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