Abimael Guzmán, el líder del grupo asesino Sendero Luminoso. (Foto: AFP)
Abimael Guzmán, el líder del grupo asesino Sendero Luminoso. (Foto: AFP)

Estos ojazos de Búho han visto a en situaciones dignas de ser consignadas en el libro universal del ridículo. Uno: cuando encabezaba a los radicales manifestantes en la huelga magisterial de hace unos años y en una marcha por la avenida Abancay, justo cuando llegaba la Policía, alguien le gritó “¡tírate, tírate!”. Y el chotano se lanzó a la piscina de asfalto aparatosamente sin saber que su farsa estaba filmada y grabada.

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Esa noche fue el hazmerreír en los noticieros. Y su último acto en San Martín, donde en una actitud ofensiva contra nuestros valerosos integrantes de las fuerzas policiales, ordenó a dos efectivos que, en plena calle y a vista de todos, le amarraran los zapatos, como si fuera un ‘rey’ en una actitud de desprecio para los uniformados.

Este columnista valora a la Policía y está convencido del papel fundamental que cumplió en su lucha, por ejemplo, contra los terroristas de Sendero Luminoso. Pienso que muchos jóvenes no están muy enterados de la gesta heroica de un grupo especial de la Policía Nacional, el GEIN, en la detención del ‘Camarada Gonzalo’, causante de miles de muertes en el Perú.

Por eso sería importante que los canales de televisión vuelvan a emitir en horario especial el reportaje ‘La captura del siglo’ o la miniserie del mismo nombre para conocer la verdad de los hechos. En la serie sí se aprecia cómo cae Abimael Guzmán en una casa de Surquillo.

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Un notable actor Gustavo Bueno encarna al sagaz ‘comandante Bonilla’, jefe de la división, quien en la vida real sería Benedicto Jiménez o Marco Miyashiro, a quienes les debemos la captura del genocida.

LA HISTORIA

Según la historia, los policías estaban frustrados. Los senderistas mataban agentes a diario, a traición, con disparos en la cabeza, en los mercados y en las puertas de locales públicos. En la miniserie se ve cómo renegaban en los velorios.

Había algunos que, en voz baja, hablaban de formar escuadrones para matar senderistas, pero el ‘comandante Bonilla’ tiene otra visión de la situación.

“De nada vale responder sangre con sangre. Debemos capturar a la cabeza de la organización. Al llamado ‘Camarada Gonzalo’ y la cúpula dirigencial”, afirma.

Cuando le dan el visto bueno, le asignan una pequeña oficinita, un viejo Volkswagen y comienza a recolectar policías idóneos, incorruptibles, para hacer un trabajo de investigación, cuyo final tendría que ser la captura de Abimael, a quien comenzarían a llamar ‘Cachetón’.

Los investigadores le echaron el ojo al director de la academia preuniversitaria ‘César Vallejo’, que era un centro de captación de ‘cuadros’ senderistas. El director era un gordito al que apodaron ‘Sotil’, que había purgado cárcel por terrorismo, pero sospechaban que sus vínculos con la cúpula senderista seguían intactos, sobre todo como ‘financista’ de la organización.

Amenazado por los detectives de que su esposa podría ser detenida y sus hijos desamparados, ‘Sotil’ se quebró y decidió ‘centrar’ a miembros de la cúpula con quienes se reunía para entregarles los dineros de la academia para fines subversivos. Fue justamente fruto de estos seguimientos que pudieron llegar a personajes que, sin tener antecedentes, servían al Comité Central para el alquiler de inmuebles.

Una de ellas fue una mujer que había sido monja, Nelly Evans, a quien allanaron su residencia de Monterrico. Una lujosa casa que sirvió de cuartel general de la cúpula, donde vivió Abimael Guzmán. Allí se filmó el famoso video del genocida bailando ebrio ‘Zorba, el griego’ con todos los integrantes del comité central. Por fin se podía ver al verdadero Abimael, barbón, con anteojos, muy distinto al de la fotografía del afiche policial de 1977.

LA CAPTURA DEL SIGLO

En la clandestinidad, su precario estado de salud requería muchos medicamentos, que fueron hallados en la casa de Monterrico. ‘Sotil’ también suministró valiosa información que llevó a seguirle los pasos a una pareja joven, ella muy bella, la bailarina Maritza Garrido Lecca.

Y él, un arquitecto de la Ricardo Palma, Carlos Incháustegui. Vivían en un chalet en Surquillo. Era sospechoso, porque él no trabajaba. Les hicieron un seguimiento minucioso. Los agentes se disfrazaban de trabajadores recogedores de basura.

Todos los desechos de la casa eran revisados. Se consumía mucho vino y whisky, cajetillas de cigarros Winston, y muchas medicinas. ¿Para quién era toda esa farmacia si los dos eran jóvenes y saludables? Además, compraban demasiada comida, veinte o quince panes en el desayuno de dos personas resultaba sospechoso.

Fue un gran trabajo de inteligencia. Los policías que capturaron al ‘Cachetón’ merecen el respeto de todo el Perú. Nunca olvidaré esa noche del sábado 12 de setiembre de 1992, cuando se dio la noticia de la captura de Abimael Guzmán, en la calle Los Sauces, en Surquillo, en la gran ‘Operación Victoria’, ejecutada por el Grupo Especial de Inteligencia (GEIN), que capitaneaban los oficiales de la Policía Benedicto Jiménez y Marco Miyashiro.

Y lo hicieron sin disparar un solo tiro. Aquella noche, los peruanos comenzamos a despertarnos de esa espantosa pesadilla llamada ‘la guerra popular de Sendero Luminoso’. Fue un gran trabajo de una Policía a la que hay que respetar y no humillar. Apago el televisor.

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