Hospital Hipólito Unanue. (Foto: GEC)
Hospital Hipólito Unanue. (Foto: GEC)

Este Búho no es alarmista, pero tampoco puede ser ajeno a la realidad. No me han contado, no lo he visto en la televisión. Estos ojazos fueron testigos del colapso, nuevamente, del sistema de salud público. Basta con darse una vuelta rápida por los exteriores de los nosocomios más grandes e importantes de nuestra capital para ver colas interminables de personas que requieren atención médica urgente.

Personas que descuidaron los protocolos o que sufren los daños colaterales de familiares que participaron de un ‘privadito’ o una ‘reu’ con los amigos. Las plantas de oxígeno ya no se abastecen y las funerarias vuelven a saturarse. Las cifras se elevan día a día y uno se entera casi a diario del fallecimiento de personas cercanas, amigos más jóvenes que uno, con familias hermosas.

Las cifras están en rojo, no hay camas en las unidades de cuidados intensivos y las clínicas particulares son carroñeras, que solo atienden si el paciente cuenta con un fondo de decenas de miles de soles en la mano. Hemos vuelto al principio, con la leve ventaja de que ahora sí sabemos cómo prevenir este maldito virus, pero con la gran desventaja de que tenemos a nuestro personal de salud diezmado, pues apenas el 40 por ciento se encuentra en actividad.

Si le sumamos que el ciudadano de a pie ya está agobiado y agotado de las restricciones a su vida diaria y que cada vez le es más difícil acatar los protocolos de bioseguridad, no es necesario ser adivino para prever que esta segunda ola será devastadora para nuestro país. Ya los países del primer mundo, en Europa, están viviendo este infierno y si ellos, con políticas de salud a las que estamos a años luz de igualar, viven una pesadilla, no quiero imaginarme la nuestra.

Mi último viaje al centro del país me hizo entender que la realidad es la misma en todos lados. La vida cuesta lo que cuesta ponerse correctamente una mascarilla, pero a pocos parece importarles.

Mientras esperamos las vacunas, el presidente Francisco Sagasti declaró, en una entrevista a El Comercio, que regresar a cuarentena sería una medida extrema. Pienso que nuestra economía ya no resistiría un nuevo confinamiento. Hacerlo supondría la muerte de esos pequeños negocios que sobrevivieron y que poco a poco se van recuperando del golpe de la primera ola.

Asimismo, sería un nuevo disparo del desempleo. Con la nueva variante del virus en nuestro territorio, también se tendrá que analizar con pinzas las próximas elecciones presidenciales para que su desarrollo no genere más contagios en el país.

Mientras tanto, como un acto de decencia y empatía, los candidatos deberían evitar los mítines presenciales, ya que exponen la salud de sus simpatizantes. Un voto no debe valer una vida. Como decía al inicio de esta columna, la segunda ola nos coge con una ventaja: la de saber cómo prevenir el contagio.

Detener esta pandemia también depende de nosotros, estimado lector. Para salir de la crisis sanitaria con mayor facilidad, debemos usar la mascarilla con responsabilidad. Úsela para cuidarse y para cuidar a los demás. Lávese las manos constantemente. Mantenga la distancia recomendada y no asista a lugares donde hay aglomeraciones. Que esas terribles imágenes de compatriotas muertos y amontonados unos sobre otros no se repitan. Apago el televisor.