Este Búho se vio obligado a ingresar al ‘Túnel del tiempo’ para comparar esta ‘Semana Santa’ en cuarentena, con aislamiento obligatorio, que llegó con recomendaciones de cómo estar alejado de otro ser humano, mínimo un metro de distancia, y no abrazar o besar. Y me puse a recordar las ‘Semanas Santas’ que viví cuando era niño. No había ningún programa, en los únicos tres canales de señal abierta que existían, que no hiciera alusión a la fecha religiosa. Los niños no podíamos jugar pelota en el barrio, contar ‘chistes rojos’ y menos hablar lisuras.

Los cines de estreno, como el otrora lujoso ‘Metro’ en la Plaza San Martín, proyectaban a sala llena ‘Ben Hur’ con la estrella Charlton Heston que ya había hecho llorar a la platea, algunos años antes, en su papel de Moisés en ‘Los diez mandamientos’, otra ‘clásica’ de estas fechas. En esos tiempos, los cines se llenaban y la entradas eran caras en los de ‘estreno’, en el centro, como el Le París, Tacna o República, que hoy se han convertido en locales de iglesias evangélicas o cines ‘porno’. Quién se iba a imaginar que esas películas donde se hacían colazas y hasta aparecían revendedores, las pasan hoy en señal abierta.

En plena cuarentena por el diabólico coronavirus, que está matando a miles en todo el mundo, uno ahora puede entender la desesperación y consternación del faraón de Egipto, Ramsés -encarnado en el filme por el gran ‘pelado’ Yul Brynner- cuando Moisés, al negarle el egipcio liberar a los esclavos hebreos, le hace caer las ‘diez terribles plagas’ o epidemias. Una peor que la otra: convierte en sangre las aguas del Nilo, provoca invasión de piojos, ranas, moscas, langostas, peste sobre el ganado, lluvia de granizo y fuego, llegada de las tinieblas con apagones totales por días. Pero la última era la más terrible: la muerte de todos los primogénitos de Egipto, donde muere el hijo del faraón y este cede y libera a los esclavos. Si Moisés, Charlton Heston en la película, filmara en este siglo, seguramente usaría mascarilla, él y todos los hebreos que cruzaron el mar Rojo.

Cuando crecimos y cumplíamos quince, dieciséis o diecisiete años, ya no íbamos a los campamentos de vacaciones de julio con los Boy Scouts. Ya armábamos nuestros campamentos con los ‘lagartazos’ de mi barrio de la Unidad Mirones a Cieneguilla, para comenzar, y luego un poco mayores a Marcahuasi. Pero fue cuando ingresamos a la universidad, cuando todos los años, con mi mancha mixta de ‘La Pesada Sanmarquina’, religiosamente organizábamos campamentos y literalmente la convertíamos en ‘Semana Diabla’, porque antes de tomar el destartalado bus que nos llevaría a la playa ‘El Ataúd’, en el kilómetro 115 de la Panamericana Sur, comprábamos en el jirón Montevideo del centro varias damajuanas de vinos y piscos de dudosa procedencia.

Esos diabólicos licores los bebíamos como si fueran elixires de las más prestigiosas bodegas de Ica y Moquegua. Por cierto, las damajuanas, que debían alcanzar para tres noches, se acabaron en la primera y en medio de la fogata hubo total inhibición, al punto que la gordita Kitty gritó de madrugada a todo pulmón: ‘¡¡Quiero un hombre!!’. Posteriormente, en los salones de la universidad, ese lujurioso pedido fue transformado por sus solidarias amigas en: ‘¡¡Quiero a ese hombre!!’. Dicen que los campamentos de los jóvenes de hoy son más desenfrenados, pero este año les cayó, como a todos, una epidemia como la que hizo llorar al egipcio Ramsés.

El coronavirus no hace discriminaciones, como tampoco el Ministerio del Interior, que advirtió que en las garitas del Sur, Norte y Este la Policía y el Ejército estarán chequeando al milímetro a los automóviles que pretendan ‘fugar’ fuera de Lima. Así tengan el permiso, si no justifican a dónde van y el por qué de las mochilas serán detenidos. También alertaron que la Marina y el Ejército se darán ‘vueltecitas’ por las playas preferidas de los ‘campamenteros’. Para los padres de familia de hijos adolescentes y jóvenes, dentro de todo lo nefasta y maldita que es la pandemia, alguito bueno pudo tener: ‘Por fin podemos dormir tranquilos, porque en las noches y madrugadas nuestros hijos están en la casa y no expuestos al peligro’. Ojalá que cuando el coronavirus sea solo un mal recuerdo, se sigan repitiendo esas reuniones familiares al frente de un Smart TV, mirando en familia alguna serie de Netflix, o jugando ajedrez o monopolio. Apago el televisor.

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