La Laguna Azul es el atractivo turístico más popular de Tarapoto. (Archivo GEC)
La Laguna Azul es el atractivo turístico más popular de Tarapoto. (Archivo GEC)

Este Búho mantiene sus ojazos bien abiertos en esta dura etapa que nos toca vivir por culpa de un maldito virus que es silencioso y traicionero, pues ahora la Organización Mundial de la Salud asegura que se encuentra hasta en el aire. Leo que el doctor Ciro Maguiña pide que estemos preparados para un rebrote que ‘de todas maneras se va a dar’, así que solo queda cuidarse, especialmente si vives con adultos mayores y niños.

El otro día me sorprendió el caso de un hombre que se puso a beber licor con unos amigos en pleno ‘toque de queda’ hasta la madrugada y de un momento a otro se sintió mal. El pobre hombre sentía que se ahogaba. Lo llevaron de emergencia al hospital y murió a los pocos minutos. Un médico reveló que era portador del coronavirus, asintomático, y beber cervezas heladas en la fría noche le produjo una fatal neumonía.

Otros casos que no dejan de estremecerme son los de esos pacientes que llegan hasta las puertas de los nosocomios por oxígeno y todo el sistema de Salud está colapsado, por más que el gobierno pretenda decir que la situación ‘está controlada’. Hay que cuidarse al máximo y estar ‘fuerte de la cabecita’, pues hasta el estrés y la depresión pueden ser factores que debilitan tu sistema inmunológico.

Por eso, aparte de leer obras clásicas y ver Netflix, utilizo mi imaginación que me permite volver a los ‘años maravillosos’. Ingreso al túnel del tiempo. Viajo por todo el país desde que ingresé a la Universidad San Marcos, a inicios de los años ochenta. Siempre parafraseo al gran trovador argentino Facundo Cabral: ‘Vive de instante en instante, porque eso es la vida’. Nuestro país tiene grandes atractivos turísticos por descubrir. Uno de ellos es la Laguna Azul, en el pueblo de El Sauce, a dos horas de Tarapoto.

Se llega a esta comunidad luego de una travesía inolvidable: hay que recorrer la mitad del camino por asfalto, cruzar en un improvisado bote el caudaloso río Huallaga y luego terminar el trayecto por trocha. Una vez allí, uno se encuentra con un pueblo pequeño, que vive del turismo, la agricultura y el comercio, con pobladores amables y atentos que no dudan en guiar a los visitantes despistados.

Sorprende la manera en que esta comunidad aprovechó sus recursos naturales para salir adelante después de que fuera ocupada por terroristas miembros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. ‘Acá no entraba ni el Ejército. Por allá vivía Néstor Cerpa Cartolini, el líder emerretista, quien murió acribillado en la residencia japonesa. Este era el paraíso del diablo’, me dijo un viejo poblador.

Al borde de la Laguna Azul, el principal atractivo de este pueblo, la gama de hoteles varía desde los humildes hospedajes, donde uno duerme tranquilo y come rico, hasta los sofisticados con piscina, restaurante gourmet y spa. La laguna tiene 430 hectáreas, sus colores varían entre el verde y el azul. Parece un espejo. Sobre ella vuelan aves como el martín pescador, los sachapatos o águilas.

Sus aguas mansas permiten nadar y pescar, también uno puede hacer kayak o pasearse en motos acuáticas. Si hay tiempo se puede visitar a caballo la cascada de ‘Ojos’, un salto de agua cristalina que parece una piscina. Yo me sentaba en la orilla de la laguna, con una copita de uvachado y observaba cómo el sol iba cayendo y cómo el monte se pintaba de naranja.

Ese lugar es perfecto para desenchufarse del mundo. Sin tablets, smartphones, ‘wasap’, ni TikTok, donde solo publican tonterías que tienen miles de ‘me gusta’. Hay un mito en torno a la Laguna Azul: dicen los lugareños que cada año, por estas fechas, una sirena se lleva a un hombre al que seduce con su voz dulce y hermoso cuerpo, y arrastra a las profundidades de sus aguas para hacerlo suyo por la eternidad. Lamentablemente esa no fue mi suerte. Volveré cuando esta pandemia se haya largado para siempre. Apago el televisor.