Las cintas de Ted Bundy

Esta vez el Búho nos narra la historia del sádico asesino norteamericano Ted Bundy, con motivo del documental de Netflix ‘Las cintas de Ted Bundy’.

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Este Búho acaba de ver el desgarrador y espeluznante documental de Netflix donde la ‘estrella’ era la voz del más sanguinario asesino en serie de la historia norteamericana. El documental se titula: ‘Las cintas de Ted Bundy’. Su caso fue muy particular porque, sencillamente, nunca le pudieron seguir el rastro hasta después de casi diez crímenes, porque era un depredador selectivo y meticuloso. Había estudiado Leyes, era blanco, bien parecido y manejaba un Volkswagen. Sus cotos de caza eran las residencias universitarias, los bares de estudiantes. Analizaba a sus víctimas, alumnos entre dieciocho y veinticinco años.

Bundy siguió Derecho en la Universidad de Washington y Psicología en Tacoma, allí se hizo novio de una bella alumna adinerada oriunda de California, Stephanie Brook, quien lo paseaba en un lujoso auto. Pero ni bien se graduó en Psicología, la muchacha lo abandonó y regresó a California. Nunca lo había tomado en serio. Esa ruptura quebró y marcó a Bundy. Siguió estudiando y participando en actividades de voluntario para el Partido Republicano. Se metió a una iglesia mormona, pero solo era una pantalla.

Fue en ese verano de 1974 que empezaron los asesinatos en serie, en Seattle, Washington, de universitarias, adolescentes y madres jóvenes. Algunas sencillamente desaparecieron sin dejar rastro. El psicópata las secuestraba bajo distintas modalidades. Como su aspecto era inofensivo, les pedía ayuda fingiendo estar enyesado, con eso las golpeaba en la cabeza y se las llevaba en su auto. Arrojaba sus cuerpos en lugares inhóspitos.

Pero su ‘suerte’ se acabó el día que pretendió secuestrar a Carol DaRonch, en Utah, su nuevo lugar de residencia, haciéndose pasar por policía. La chica logró escapar cuando estaba esposada en su auto y lo denunció ante las autoridades. Al menos tenía a un sospechoso, un retrato hablado y un Volkswagen. Carol, décadas después, habla sobre su secuestro y el terrible drama que vivió. También se le ve a ella jovencita en juicio por secuestro, donde enfrenta a un iracundo Bundy, que la insulta en las cintas y la llama ‘testigo profesional’.

Era sanguinario, las golpeaba, las torturaba a mordiscos, las asesinaba y las profanaba sexualmente. A veces regresaba a la escena del crimen. En Florida atacó a cinco jovencitas con un tronco de madera en la cabeza mientras dormían. Dos murieron y tres quedaron gravemente heridas. Al momento que decenas de agentes estaban en la escena del crimen examinando la masacre, el criminal aún no había huido. Se había introducido a otra vivienda universitaria a dos cuadras y agredió a otras dos chicas que dormían, matándolas con golpes en la cabeza y ultrajándolas. Así de sádico era ese animal. Todo esto se ve en el documental.

Uno no se explica cómo siendo sindicado como un potencial sospechoso de asesinato, se haya escapado de la cárcel de Aspen por una semana, en 1976, y luego en 1977, por el techo de su celda. Aquella vez huyó a Chicago y Florida y continuó su racha de horrendos asesinatos. Ya preso, fue ‘estrella’ en su juicio y cínicamente siempre alegó inocencia. Muchas mujeres le escribían cartas de amor y los del FBI le consultaban sobre el accionar de otros asesinos en serie. Nunca pensó que podrían condenarlo a muerte.

A treinta años de su muerte, volvió por la puerta grande. En el 2018, Joe Berlinger estrenó una película sobre Bundy, con la megaestrella juvenil Zac Efron como el asesino y John Malkovich. El director contó con un increíble equipo de investigación y ellos lograron recuperar un conjunto de grabaciones del mismísimo Bundy. Egocéntrico, quería dejar su testimonio definitivo sobre su terrorífica vida. Esas cintas donde se escucha esa voz siniestra, carente de alguna autocrítica, que habla de sí mismo durante horas, parece la de un huésped del averno.

Tal vez esa mente portentosa para hacer el mal sabía que varias décadas después de morir, su voz y su nombre estarían bajo los ojos y oídos de una aterrorizada audiencia televisiva y del cine, a nivel mundial, aunque sus ojos hayan saltado achicharrados cuando murió en la silla eléctrica en 1989, como bien merecido lo tenía. Apago el televisor.

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