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El testamento literario de Truman Capote

Esta vez el Búho nos trae su opinión sobre ‘Música para camaleones’, la última obra del maestro del ‘Nuevo periodismo’ Truman Capote. 

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Capote se volvió una celebridad con ‘A sangre fría’. 

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Este Búho recibe correos de jóvenes estudiantes de Periodismo y siempre me preguntan ¿Búho, qué libros puede recomendar a quienes se inician en esta apasionante carrera? Siempre les aconsejo ‘Música para camaleones’ (1980) de Truman Capote (Nueva Orleans 1924 - Los Ángeles 1984).

Esta obra maestra encierra la historia increíble y trágica del maestro y salió a la venta cuatro años antes de su muerte. Como ya lo conté, el escritor falleció solo, triste y abandonado a causa de una sobredosis de licor y barbitúricos, en la casa de una amiga que lo recogió luego que los integrantes del ‘jet set’ internacional, sus amigos millonarios, lo expectoraran por publicar terribles infidencias sobre ellos en una revista.

Pero empecemos mejor por el inicio de su ascenso fulgurante al parnaso de las letras. Después del apoteósico éxito de su novela ‘A sangre fría’ (1966), que lo convirtió no solo en una celebridad literaria sino en un personaje mediático y engreído de la aristocracia contemporánea, Truman se sumergió en una terrible y larga crisis creativa tras anunciar que estaba escribiendo ‘la gran novela americana’, equivalente a ‘En busca del tiempo perdido’, de Marcel Proust.

Prometía retratar ese mundo frívolo de los poderosos que lo habían adoptado y se iba a llamar ‘Plegarias atendidas’. Sin embargo, pese a que sus editores le pagaron millonadas de adelanto, entre 1966 y 1974 no publica ni una novela. Su vida transcurría en fastuosas fiestas, viajes en crucero y sus zambullidas en el submundo gay del Soho neoyorquino, en busca de drogas y ‘encuentros’ con recios afroamericanos y latinos.

En 1975, los editores estaban desesperados, pues seguía exigiéndoles adelantos. Al final, Truman solo publicó cuatro capítulos entre el 75 y 76, para la revista Esquire y, como ya adelantamos, motivaron que sus amigas lideresas del círculo glamoroso, encabezadas por Jackie Kennedy, lo escupieran para siempre de sus vidas, pues una de las famosas aludidas, de la que desnudó sus recónditas miserias, se suicidó.

Devastado y sumido en el alcohol, cocaína y barbitúricos, se exilió en California, donde la única amiga que le quedaba, Joanne Carson. Allí preparó lo que sería un trabajo literario distinto, hermosamente inclasificable. Como si fuese un concierto de cámara, Truman nos presenta un espectáculo como si los distintos géneros literarios y periodísticos fueran armoniosas notas musicales. Eso fue ‘Música para camaleones’.

En este imprescindible libro nos confiesa: “Dejé de escribir al pasar por una crisis creativa y personal, que resultó un verdadero tormento. Me alegro que ello haya ocurrido. Después de todo, alteró mi concepción general de la literatura (...)”. Eso lo resolvió en ‘Música para camaleones’. Un libro donde, para relatar, el escritor se ubica en el centro del escenario y reconstruye, ‘de manera severa y mínima’, conversaciones con gente común, como con una señora que limpia departamentos por horas.

Seis piezas escritas con un estilo impecable, y el autor se ufana de que ‘después de escribir cientos de páginas sencillas, llegué a conseguir un estilo’. En la segunda parte, una extraordinaria nouvelle policial, ‘Ataúdes tallados a mano’, y en la tercera parte, retratos donde resplandece el inmortal ‘Una hermosa niña’, en el que reproduce un encuentro con la mítica Marilyn Monroe en un funeral:

“-MARILYN: Si alguna vez te preguntaran cómo era yo, cómo era en realidad, ¿cómo contestarías a esa pregunta? Apuesto a que contestarías que era una chabacana. -TRUMAN: Por supuesto, pero también les diría... (Ya se iba la luz... Ella parecía desvanecerse en la claridad, mezclarse con el cielo y las nubes, retroceder y ocultarse detrás. Yo quería alzar la voz por encima de los gritos de las gaviotas y preguntarle: Marilyn, Marilyn, ¿por qué todo tuvo que salir así?) Yo diría... -MARILYN: No te oigo. -TRUMAN: Diría que eras una hermosa niña”. Apago el televisor.

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