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Amores locos

El Chato Matta asustado porque recibe mensajes amenazantes en su celular por culpa de Jocelyn

La Seño María

El Chato Matta recordó sus noches en la Posada junto a la bella Débora.

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Seño María

El Chato Matta llegó al restaurante por un cebichito de doncella y un sudado con bastante limón y rocotito molido para curar la resaca de Semana Santa.

“María, tú eres mi amiga de años y en ti puedo confiar”, me dijo. Le vi bien los ojos y estaba movidito. ‘¿Qué te pasa, Chatito?’, le pregunté. “María, están siguiendo mis pasos. Recibo mensajes amenazantes por wasap. Hace tiempo te conté que me encontré con una flaca, Jocelyn, que trabajó conmigo en el Ministerio. Era un mujerón y tuvimos un corto, pero electrizante romance. Me la encontré hecha toda una señorona, porque se había casado con el hijo de un empresario de Gamarra. El sanazo cayó en las garras de la coqueta secretaria.

En una noche de copas lo emborrachó a puro ron en el bar de un hotel cinco estrellas y le dijo haciéndose la mareada: ‘Mi papá me mata si me ve llegar así, mejor nos quedamos aquí a pasar la noche’. ¡Así capturó al joven negociante! Eso me lo contó cuando la volví a ver después de 15 años, durante una carrera que le hice a su casa de playa en el sur, por Punta Hermosa.

‘Yo había estado saliendo con un oficial de la Policía. El desgraciado se fue y me dejó embarazada. El hijo del ‘Rey de Gamarra’ apareció en el momento justo. Siempre fue mongo. A veces, cuando me humilla y saca en cara su dinero, me dan ganas de decirle la verdad. Que nunca lo sentí, ni siquiera me hizo cosquillas y que me casé con él por interés. Pero tengo miedo de perderlo todo’.

Me di cuenta de que era una mujer maquiavélica. No sé cómo averiguó mi dirección y una mañana se apareció con su tremenda camioneta 4x4. ‘Así que aquí vives. Chato, despídete de este barrio, te tengo un depa lindo en Miraflores’. Yo le aguantaba sus poses de millonaria porque me gustaba. Solo era pasión. Jocelyn sabía cómo hacer feliz a un hombre en la intimidad, pero también sabía cómo destruirlo en el trato cotidiano. Era ofensiva y pedante. Ella quiso establecer las reglas:

‘Toma este celular, solo lo vas a usar para hablar conmigo. Tú nunca me busques. Yo te encuentro’, me dijo. En el fondo, cuando estaba solo en mi cuarto, me reía de ella. Para mí era una más. Seguí saliendo a escondidas con Marcy, una oxapampina preciosa. Pero una noche, Jocelyn me buscó como una fiera, sacó su celular y puso una foto: ¡¡estaba yo con Marcy saliendo de la mano del hotel!! ‘¡¡Chato, basura, qué le has visto a esa misia!! ¡Terminas con ella hoy mismo o vas a ver de lo que soy capaz!’.

María, yo tengo la culpa por meterme con tremenda loca. Encima, también le ha mandado un mensaje a la pobre Marcy, quien no tiene la culpa de nada y ya no quiere verme”. El Chato se pidió dos cervezas y puso en la rocola su tema romántico preferido: ‘Por el amor de una mujer /he dado todo cuanto fui lo más hermoso de mi vida /mas ese tiempo que perdí /ha de servirme alguna vez /cuando se cure bien mi heridaaaaaa...’. Pucha, pobre Chato, pero él se lo buscó por meterse con ese tipo de mujeres. Me voy, cuídense.

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