El Chato Matta contó su aventura con Silvia en las paradisiacas playas del norte del Perú
El Chato Matta contó su aventura con Silvia en las paradisiacas playas del norte del Perú

El Chato Matta llegó al restaurante por una sabrosa papa a la huancaína y tallarines rojos con tremenda presa de pollo. “María, en estas fechas en que se acerca la Navidad, siempre el ‘Face’ me trae grandes sorpresas. Me escribió Silvia, desde España: ‘Chato, qué difícil fue ubicarte, tramposo como toda la vida, estás con el apellido de tu viejita, sinvergüenza’. María, cómo me iba a olvidar de Silvia, justo ahora que está de moda Máncora, donde se van todos los famosos. Ella ‘bajaba’ a San Juan de Lurigancho, a la casa de su amiga Vicky, vivía en Lince y se las sabía todas. Era medio hippie. Yo recién salía del cascarón, mientras ella ya estaba de ida y vuelta. Chato -me dijo- vámonos a Máncora. ¿Qué es eso? El nombre era desconocido para mí. ‘Es una playa hermosa en el norte’. Yo, con las justas conocía Cantolao y La Herradura. Además, no tenía plata. ‘No te preocupes, nos vamos tirando dedo’.

En la Panamericana Norte ella era la ‘carnada’. Los camiones paraban al toque, ‘tú solo di que soy tu prima’. Los choferes nos invitaban a comer: ‘Chato, te voy a poner unas cervecitas, pero hazme el bajo con tu prima’. Silvia los calentaba hasta que llegábamos a una ciudad. Allí decía que iba a comprar a la farmacia, dejábamos al chofer ansioso de llevarla a un hotel y nos íbamos corriendo. Así llegamos hasta Máncora. Era un pueblito apacible, de pescadores. Solo habían dos hoteles rústicos y uno en el pueblo, baratito.

Allí en una hamaca nos tumbábamos y me leía en voz alta poemas de Carlos Oquendo de Amat : ‘Tu bondad pintó el canto de los pájaros/y el mar venía lleno en tus palabras/de puro blanca se abrirá aquella estrella/ya no se volarán nunca las dos golondrinas de tus cejas/y el viento mueve las velas como flores/yo sé que tú estás esperándome detrás de la lluvia/y eres más que tu delantal y tu libro de letras/eres una sorpresa perenne’. Mancora era también punto de reunión de surfistas de todo el mundo. Ingleses, australianos, brasileños, argentinos, españoles. Silvia salía sola a la playa y siempre se aparecía con algun surfista. Pero para todos era su ‘primo’. Todas las noches teníamos fiestas en casas frente al mar. En una de ellas, una pareja de australianos se había peleado y Helen, un mujerón de 1.80, me agarró como su ‘paño de lágrimas’. En una de esas me besó sin roche y Silvia empezó a tomar los vodka tonic como agua, y un argentino alucinado la jalaba para llevarla a la playa donde varias parejas hacían el amor a la luz de la luna. Pero ella se mantenía con sus ojazos inyectados mirando cómo me chapaba a la australiana. Nunca la había visto así. La rubia se paró y me llevó a un privado y se desnudó. Cuando me iba a sacar la ropa, Silvia irrumpió como una loca. Desde esa noche dejó de ser mi prima y nos volvimos amantes. Ahora me anuncia su llegada para pasar Año Nuevo en Máncora. ‘Chato’, me escribió. ‘Por si acaso, ahora sí nos vamos en avión’”. Pucha, ese Chato también tiene sus historias. Me voy, cuídense.

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