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El ingeniero y la venezolana

El Chato Matta contó la historia de su amigo 'Albertito', el bravo de las constructoras, quien perdió la cabeza por una guapa venezolana, que 'le comió el cerebro' y al final trajo a su esposo de Venezuela.

Seño María

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El Chato Matta llegó al restaurante por sus tallarines verdes con su churrasco a la inglesa encima y una jarrita de emoliente con linaza y cola de caballo tibiecita para bajar la grasita. Estaba con su amigo Albertito, el ingeniero. El bravo de las constructoras se encontraba deprimido. Estudiaron en el mismo salón desde niños.

“María, en el colegio, Albertito era muy inteligente, ingresó en el primer intento a la Universidad Nacional de Ingeniería y se casó con una chica del barrio. Se mudaron a Jesús María y tuvieron dos hijos, una parejita. Parecía que conformaban un hogar perfecto o seguramente lo fueron, hasta que apareció una mujer para destruir toda la armonía que reinaba en ese hogar.

La esposa de mi amigo, Blanquita, como trabajaba de secretaria en una gran empresa, se quedaba en la oficina hasta la noche y, en realidad, se veían muy poco con su esposo, quien también trabajaba hasta tarde y viajaba a provincias.Hace unos meses, Albertito, a quien siempre lo veían como caballerito, empezó a cambiar. Perdió la cabeza por una guapa venezolana que ingresó a trabajar como recepcionista en la compañía.

El ingeniero nunca fue mujeriego, pero con unos movimientos de cintura, se quedaba virolo al verla. Silenciosamente se empezó a ver con la mujer en hostales en la mañana y hasta en la madrugada. La morocha le ‘comió el cerebro’. Varios lo vieron con ella en Plaza San Miguel comprándole ropa.

Pero el peor error fue aceptar su proposición: ‘Albertito, estoy triste, mi mamá está enferma en mi país y mi hermano no tiene trabajo, ayúdame con los pasajes para que se vengan, pero por avión, mi mamá está delicada para resistir un viaje de una semana’.

Cuando Blanquita se dio cuenta de que la estaban engañando, ya era muy tarde. Mi amigo le había alquilado un departamento al mujerón para que reciba a su mamá y su hermano. Pero las cosas no fueron como se las pintaron. Resulta que él pagó tres meses de alquiler y un día llegó a la casa y habían cambiado la chapa. ¡La mujer no había traído a su hermano, sino a su marido, un zambo de metro ochenta!

Albertito encontró la maleta con su ropa en la puerta y en la escalera. Una ‘batería’ lo amenazó: ‘Chamo, ya no vengas por acá, por sapo vas a perder’. El ingeniero quiso regresar a su casa con Blanquita y sus hijos, pero la secretaria tenía dignidad y lo denunció. Ahora tiene que esperar el régimen de visitas para ver a sus hijos, que están dolidos y sufren la ausencia del padre”. Pucha, qué tonto el amigo del Chato, dejar un hogar por alguien que no valía la pena. Me voy, cuídense.

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